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2009年2月

Restart II (recycle and restart)


No puedo aún narrar lo que busco.
Pude, sin embargo, remendar unas anotaciones viejas y darles burda forma.

Es un inicio.

Noche del 21 al 22 de junio de 2008

En la mitad de la vereda amplia y desprovista de cordón de Anchorena al 800, del lado de los impares, Ituzaingó, Morón, hace mucho, mucho tiempo, había un árbol de moras.
Ese árbol, como otros cinco en lugares y tiempos diversos, era mío. No por posesión, sino por la ausencia de ella. Era mío porque estaba bien: porque era correcto.
A los siete años algunas cosas verdaderas (muy verdaderas) eran correctas y continuas sin cuestionamientos. La voz de mi vieja, las manos de mi abuelo, la pelota engrasada, el pasto alto y picante, el árbol de moras.

No voy a decir que conociera cada rama y cada nudo de ese árbol.
O sí, voy a decirlo: conocía cada rama y cada nudo de ese árbol.
Era marrón y verde, como cualquier árbol bien hecho, fuerte y trepable (sé que la palabra no existe), con ramas gruesas y bifurcadas por lo bajo para sentarse y ramas finas y caprichosas por lo alto para ejercitar el aéreo vértigo que espantaba a mi vieja.

Ahora es un barco.

Cease to resist, giving my goodbye,
Drive my car into the ocean.

Avanza lento y somnoliento por un desconocido mar infinito, serrado, turquesa.
Estoy parado en lo que es, evidentemente, la proa del árbol,

(¡¿?!)

con ambas manos en mi rodilla derecha, descalzo y con unos pantalones blancos muy anchos y una fina camisa descolorida que debió haber sido amarilla algún día.
Me maravillo al verme como soy hoy en ese árbol pasado. Lo hago porque parece más real el árbol de moras que mi cierta figura actual.
Giro sin mover los pies y sonrío mostrando los dientes, cosa que casi nunca hago. Grito algo que no se escucha

No hay sonido en el sueño. En ningún momento.

y levanto los brazos en V y agito las manos. Estoy contento. Feliz

You'll think I'm dead, but I sail away
On a wave of mutilation


y salado. Mi piel parece una Vauquita: marrón, seca,  y agrietada. Tengo las pestañas más largas que lo normal

Lo diurno.

(lo que de entrada no es poco) y el pelo alborotado y pajoso.
Estoy haciéndole ridículas señales a la tripulación del árbol.
Sentados en una rama unos seis metros más atrás dos marinos levantan la cabeza. Uno es Edward Norton, un moogle el otro.

Como todos saben los moogles son una especie que se dedica a perpetuarse en los Final Fantasy desde el tercero hasta hoy. Son una especie de gatos con un pompón en la cabeza,  tienen la voz muy finita y gustan de repetir la expresión “¡kupo!” hasta acabar con la paciencia del cristiano más amable. Bichitos mágicos y voluntariosos, vale más mostrarlos en una imagen que describirlos en un par de docenas de palabras:




Edward Norton es un muchacho de dominio público. Uno de los mejores actores de su generación y un flaco con cara de amigo de toda la vida.

Alzo los brazos otra vez y les pido a ambos que se acerquen, gesticulando y sonriendo.
El moogle recorre el escaso espacio con un vuelo rasante y balanceado, se afirma a mi derecha y mira el mar desierto. No hay sonido, pero siento un inquisidor “¿kupo?” en el ambiente. Norton se sienta en el borde (una rama curvada y nudosa) de la proa, -lleva un pañuelo negro en la cabeza, una remera muy suelta (blanca) de los Pistols y unos pantalones anchos y verdes- mira horizontal la masa de agua y luego a mí, con curiosidad.

A wave
Wave

El mar se agita, trémulo. El árbol de moras se agita, todas sus hojas mirando al cielo, cientos de manos verdes tratando de llegar lo más arriba posible. Huele a sal, pero huele también a vino y a mí y a la entrada de una quinta en Luján bien entrada la noche.
Se agita el mar y se abre en cruz, en una silueta de ave, cayendo en un calado perfecto. Se agita y el olor a mar y a mí se hace más intenso. “¡Kupo!” siento y no escucho en ese momento y el moogle tiene el pompón como un motorcito que gira y gira. Edward Norton me mira con una sonrisa amplia, franca y de labios partidos por el sol. En sus ojos me veo, en las arrugas de alrededor de sus ojos me entiendo. Corre a izar las velas (las tupidas ramas) del árbol de moras.
El moogle sigue con el pompón girando y riendo en silencio. Le sostengo la cabeza con ambas manos, él me besa la cara y sale volando a ayudar con las ramas (velas).
Pienso (quiero pensar) en cuánto hace que busco esto. Entre tanto el mar sigue cayendo por el hueco, pero ya es definitiva y efectiva la figura que brota a cortos cincuenta metros del árbol. Es un pájaro de agua, de carne, de peces, de algas, de ojos, de un olor.

Se desase del mar con la lentitud de un bostezo y sus muchos ojos castaños miran íntegramente. Es un pájaro (y también es un pez, y también es una mujer, y también es mi insomnio y también es una canción de Pearl Jam y también es una esquina en Belgrano) gigante, majestuoso. Cada una de sus alas podría cubrir todo el árbol (desde la más flaca de las inversas raíces hasta la más flaca de las ramas superiores) de agua y de un olor (de un olor que aún existe) y de peces y de ojos y de algas y de carne. Hay algo de cachorro y hay algo de temor en él (en ella) por más majestuoso, por más imposible que sea, que me produce ternura. Conozco a ese pájaro,

I've kissed mermaids, rode the El Niño


hace años que vengo buscándolo. Con diferentes tripulaciones e incluso solo, con idéntico fracaso e idéntica contrición.
Norton grita algo, ríe, los ojos parecen estallarle en llamas, las ramas se elevan en un esplendor verde contra el oro y el azul del cielo. Principiamos a despegar de la eterna superficie del mar. La espuma sube en borbotones de blancor y sal cuando la corteza le da la última caricia al agua.
El pájaro nos ignora, a pesar de tener treinta y tres pares de ojos mirándonos todo el tiempo. Se agita en el cielo, gobernando en este primer vuelo toda su multitud diversa, todos sus peces, todas sus algas.
Lo veo girar lento y seguro en este cielo soñado que también se maravilla al encontrarlo y arrojar una lluvia de sal y de ojos y de un olor y alzo la cara y sonrío y abro los ojos.

Sé que no voy a agarrarlo. Sé que no es ese el fin, que el tiempo para hacerlo ya no existe e incluso puede no haber existido nunca. Sé que no pueden (sé que yo no puedo) atraparse la carne, el agua, los peces, un olor. Pero sé que está, sé que puede ganar el cielo como bestia y como pájaro y como mujer  y como esquina. Y sé que el cielo es, por mínima parte que fuere, también mío.

Walked the sand with the crustaceans


Abro los ojos, abro los brazos y me dejo golpear por el agua que cae de su aleteo, de su girar en el desocupado cielo, me dejo golpear por los peces y las algas.

Could find my way to Mariana
On a wave of mutilation,
Wave of mutilation


El moogle y Edward Norton me gritan sin sonido su satisfacción. El árbol de moras está en el aire, estable y fuerte, lo siento bajo los pies y lo siento bien.
Pienso en varias personas, algunas de las cuales son reales y están vivas. Deseo con todo mi corazón que pudieran ver lo mismo que yo veo cuando veo al pájaro de muchos peces y un olor. Deseo que pudieran ver lo mismo, que miren como yo. Que me sepan.

Despierto.

Wave of mutilation
Wave
Wave of mutilation
Wave
-Pixies, Wave of Mutilation






2009年2月

Restart


Comes the morning
When I can feel
That there's nothing left to be concealed
Moving on a scene surreal
No, my heart will never
Will never be far from here

Sure as I am breathing
Sure as I'm sad
I'll keep this wisdom in my flesh
I leave here believing more than I had
And there's a reason I'll be
A reason I'll be back

Hace mucho que no escribo.

La razón es una, estoy trabajándola. Incluso este tímido intento de volver iba a ser mi desordenado y torpe exorcismo de esa razón. Aún no acierto con la manera de llevar eso a cabo.

Tengo varias (varias) cosas irresolutas que encontré en un backup de la máquina anterior.

Ésta que sigue es una. A Milton la veo irregular e insuficientemente. Esto que sigue es de hace dos inviernos. No lo continué porque no tuve el valor y porque perdí dentro de mi mente y de mi carne el resto de la conversación.


Está menguando el día.

Aún no son las seis de la tarde y la luz ya es afantasmada y pobre.

Es viernes y llueve sin llover en la terraza. Todo es un chiquitín más gris, como si Dios hubiera cambiado al sol por un tubo fluorescente gigante. Eso es lo que me pesa de los días como este: parece que el universo se hubiera transformado en una oficina. Esta atmósfera descansada y mustia que adoran los yanquis y que acá va ganando cada día más muertos vivos: la Gente-del-After-Hour.

Un puñado de baldosas bordó, un trío de alambres para colgar la ropa, dos vasos llenos con cerveza, daditos de parmesano y un abismo emocional oscuro y denso me separan de Milton, que está comparando una de sus púas del cuello con los pinches para picada en forma de katana que compré el lunes.

Milton no está viviendo en casa. Nunca le pregunté, allá en el alba del 2005, de donde venía.  No le pregunto ahora donde es que ella es.

Está más grande, camina más segura, tiene los ojos de petróleo llenos de un brillo que me inquieta de la forma en la que lo hace algo que además me gusta.

Me ofrece un Winston encendido. Lo agarro. Dejé de fumar en todo momento salvo en los que estoy fumando.

Pito. Me abrazo las rodillas. Pego la barbilla contra el esternón. Me hamaco alternativamente de la nalga derecha a la izquierda y repito el procedimiento. Muchas veces. Estoy sentado en la gruesa medianera de ladrillo cansado y marrón que separa mi casa de la fábrica de pinturas.

Milton tira el cigarrillo en elevado arco hacia el techo de la fábrica y enciende otro.

-Para que me entiendas es necesario que me sepas. Para que me entiendas es necesaria una experiencia compartida.

-¿?

-Eso dijiste. Eso dijiste y mi mundo se quebró.

-Pero eso…

-Te vi de una forma en la que no te veía. De la que nunca te había visto.

-OK, pero es obvio. Y no es mío.

-Oh, lo sé. Nada es de nadie. Pero utilizar algo en lo intelectual es poseerlo. Yo estuve tanto tiempo acá porque me satisfacía que te avergonzaras de tus límites intelectuales y empujaras con fuerza. Porque hacías lo mismo con los míos.

-Y porque jugaba distinto al Winning Eleven.

-No estaba esperando eso en esa conversación, que es la conversación de siempre. La que siempre tuvimos. Me dijiste eso y te vi de otra manera. Te amé. No te dije nada. Serví más vino y volviste a insistir en esas conversaciones que tanto te satisfacen y que urdís para el asombro momentáneo y el olvido eterno. No creo que recuerdes el momento.

-No.

Sobre el costado más triste de la tarde, en la zona más agotada del vencido San Martín, el sol se ahoga sin ayuda en un horizonte decorado con cables de luz, ropa al viento y tanques de agua. Tengo una sensación de tristeza extrema, fría y abandonada. De tierra removida y seca y estéril.

-Eso me quedó.

Agita la encigarrillada manita por sobre la cabeza. No me está mirando. Debe sentirse igual que yo.

-Eso me quedó. Podía sentir las palabras al rojo quemándome entre las orejas. Me provocaste y no supe responder. Eso no me pasa. Me costaba dejar de saborear el íntimo milagro de que alguien te produzca algo tan brusco.

Kisa sube, mira, maúlla sencillo y desaparece tras las macetas. Milton le sonríe.  Yo junto algunas piedritas de cemento seco y suelto de la medianera y trato de embocarlas en la pileta de la casa de al lado.

-Decidí, entonces, que quería entender tus palabras.

Me aprieto más fuerte contra las rodillas. Tengo frío.

-Decidí imponerme la experiencia. Para que te dejaras de joder. Para que dejaras de llorar en seco.

Levanta la vista hasta la cerveza. Tiene el hocico arrugado. Le lleno el vaso y le saco otro cigarrillo.

-Decidí imponerme tus arrebatadas miserias, tus muchas perplejidades, tu arrastrado penar, tus luminosas alegrías, tus noches sentado y tus días buscando. Decidí involucrarme en la imagen que vos querés proyectar. O creés proyectar. O lo que mierda se te cruce por el marote.

Para entenderte bien. Para saberte. Para ayudarte.

Vos me hiciste una vez mucho bien sin proponértelo, tal vez por eso mismo.

Además, de eso se trata lo mío: de entenderlos a ustedes.

Kisa mira con mucha atención hacia la nada. Fija la mirada en el vacío y parece sonreír. Lo hace seguido. Le llamamos “ver gente muerta” a eso. En este momento no parece tan gracioso.

-Entonces me fui. Me fui mucho y lejos. Y pené. Y me impuse dejarme empapar por esas cosas que te atan hace años. Fallé, loco. Fallé mucho y fuerte. Callé. Fracasé tan minuciosamente como a vos te gusta decir que lo hiciste.

-Te fuiste en febrero del año pasado.

-Ahá. Hacerlo a propósito lleva mucho menos tiempo, creeme. Traté de entender cómo funciona la forma en la que vos medís el tiempo y el amor. Tus negras envidias por situaciones que no manejaste, tu universal egoísmo al acaparar todo el fracaso y tu imposible orgullo al hacerlo. Tu gigantesca necedad, tu minuciosa monopolización del dolor. Tu estupidez plana y llana. Tu miedo, macho. Armaste una historia enorme para tapar el miedo.


I been wounded
I been healed
Now for landing I been
Landing I been cleared

Sure as I'm leaving
Sure as I'm sad
I'll keep this wisdom
In my flesh


2009年2月

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