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junho de 2007

Milton XLI

por el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
por el amor, que nos deja ver a los otros
como los ve la divinidad,
por el firme diamante y el agua suelta
Jorge Luis Borges - Otro Poema de los Dones
 
Gracias por esto, por mandarme el chiste.
Muchas, muchas gracias.
 
Y es así.
 
Lo sencillo tiende a ser lo mejor. O lo más bueno.
Una sola palabra sencilla es mejor que todas las oscuras perífrasis.
Los sentimientos más básicos son los mejores.
El razonamiento sencillo es mejor que la perorata demoledora.
El amor, una sonrisa, el sol.
Las relaciones claras son preferibles a las intrincadas, a las dolientes, a las escondidas, a las intermitentemente unilaterales.
Todo lo sencillo.
Todo el viento, todas las sonrisas, todas las mañanas.
 
Lo mismo pasa en casi todo el arte. Y en la gente y en el sexo y en los juegos.
 
Estoy desintoxicándome. De muchas cosas y de tanta gente.
Y vengo a buen paso.
 
Gracias.
 
Milton
 
por el fulgor del fuego
que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo,
por la caoba, el cedro y el sándalo,
por el pan y la sal,
por el misterio de la rosa
que prodiga color y que no lo ve
junho de 2007

Milton XL

Antes que nada: todos leímos Así habló Zaratustra. Sé que hay Dragón y León y lucha y blablabla. No sé nada de psicología (la desprecio, además) y me importa poco (no tengo ningún interés en) plagiar oníricamente a Nietzsche. Esto, simplemente, es. O fue, mejor dicho, así, los protagonistas aparecieron. Y se desarrolló de esta manera. Lo demás me chupa un huevo. Para mí es un ejercicio.
 
Soñar es cuando te vas a la cama por la noche, cerrás los ojos y te volvés loco.
 Es ese periodo en el que hacemos lo mismo que un salvapantallas.
-Neil Gaiman
 
Se ve desde muy, muy arriba. Supongo que esa debe ser la cámara-nube.
 
Porque este es un sueño.
Estoy soñando demasiado.
Demasiado seguido, demasiado extraño, demasiado extenso, demasiado simbólico. Demasiado yo. Probé mil cosas para que deje de pasar. Esta es la mil y una. Exorcizarlos al embarrarlos transcribiéndolos, ensuciándolos con la fácil confusión de escrito de fantasía al azar.
 
Parece una pista de Nascar en miniatura. Y luego se va acercando, a buena velocidad, pero no excesiva. Pienso que es la cancha de River por unos segundos. Luego veo lo que es: la parte interior de un volcán, una terraza toda de rocas fundidas y un gran lago cristalino en el medio, en la boca.
Cambia la vista y estoy sentado en una laja grande de roca volcánica. Tengo unos jeans celestes muy, muy, muy gastados, unas zapatillas adidas blancas y azules que dejaron de hacerse cuando yo tenía veinte años, una remera de ese negro gastado por los lavados que debería tener un nombre ya que no es ningún color y una campera de corderoy marrón demasiado corta.
Veo con mis ojos (el lago, el borde lejano de los picos de la cima, el absoluto celeste del cielo) y veo desde afuera mío (yo, mi espalda, la forma en la que el viento me agita el pelo y la campera) casi al mismo tiempo.
 
Estos cambios de cámara son manejados oníricamente, por el director de cámaras de mi subconsciente, así que no voy a molestarme en explicarlos a menos que sea necesario. Sepan seguir la narración.
 
A mis pies hay otra piedra con forma de oreja gigante y plana. Están mis puchos, un encendedor rojo y mi celular. Pienso: “que raro, hace meses que no fumo”. El paquete de cigarrillos deja de tener escrito LUCKY STRIKE y pasa a leerse Meses-Que-No-Fumo: 4. Inmediatamente se transforma en una lagartija muy verde y muy fina y desaparece con una velocidad asombrosa debajo de la roca. Lo mismo decide hacer el encendedor, sólo que la lagartija es roja.
Sonrío.
El aire es increíblemente frío e increíblemente limpio. Huele como deberían oler los diamantes, si los diamantes tuvieran olor. Es tan limpio que mirando el pico más lejano de la parte más lejana de la cima del volcán veo a un chino y pienso: “el aire es tan limpio que si ese chino meara seguro que vería el chorrito desde acá.”
Empiezo a silbar Yellow Ledbetter sin dejar de sonreír y le empiezo a tirar piedritas al lago. Se hunden sin hacer (no me extraña porque nunca fui bueno para eso) patito y sin hacer (no me extraña porque esto es un sueño) ondas.
El sol es una enorme y perfecta pelota amarilla justo sobre mi cabeza e inunda todo de una luz tan prolija, tan total, que parece que estuviera dando lecciones de astro rey.

Escuché varias veces hablar sobre si soñamos o no en colores, con sonido, si podemos leer en nuestros sueños o no, si soñamos con olores… yo siempre soñé con todo eso, o esa impresión tengo al recordar cuando despierto. O sea, mis sueños incluyen todo el paquete: HBO, Cinecanal, el fútbol y, por descontado, el condicionado. Siempre me despierto al palo.
 
Me trepa por la pierna izquierda una rata grande, flaquísima, gris nube, hermosa. Tiene la cola muy rosada y gruesa como mi dedo índice. Se acomoda sobre mi muslo.
Me dice: “Yo soy vos. Tenés un mensaje.”
Miro el celular y empieza a sonar. En lugar de No Rain, que es el ringtone que uso para los SMSs, se escucha The Battle of Evermore con la sempiterna voz setentosa de Robert Plant.
 
At last the sun is shining, the clouds of blue roll by,
With flames from the dragon of darkness
The sunlight blinds his eyes.
 
En donde aparece la foto del remitente hay un ojo gigante, amarillo como un toda la pus del universo concentrada, con una zanja negra que
es pupila y es terror al mismo tiempo.
DRAGÓN dice abajo.
Abro el celular. "LAGO" dice el mensaje. Lacónico pienso (es una palabra que siempre la pienso, creo que jamás la dije en voz alta). Cierro el celular y miro el lago.
 
Se empieza a oler a frío, a dos pares de medias y camiseta dentro del pantalón. Y hay gotitas mínimas de agua en el aire. Como si el lago fuera un nebulizador gigante.
“Mierda”, decimos la rata y yo en estéreo.
La perfecta planitud de la superficie del agua se parte como si fuera de hielo y emerge una cosa gigante, grande como el mundo, negra como la nada absoluta y brillante como todas las lágrimas que todos los hombres lloraron durante todo el tiempo.
Es un dragón.
Abre las alas y levanta la cabeza mientras se endereza y deja que se le escurra el agua del lago. Es una enormidad toda petróleo y plata: escama negra de brillo cegador. Nunca ví nada más terrorífico en mi vida: es hermoso. Pisa el borde del lago con sus dos patas traseras que son como troncos de ombúes y, bajando la cabeza y mirándome fijo, se acerca hacia donde estoy.
 
A mí me dan mucha impresión (mucho miedito) las cosas que pueden pasarles a mis ojos. En el Health Channel una vez ví una operación en la que a un flaco le estaban sacando astillas de vidrio de los globos oculares. Yo tenía la piel de gallina, los dientes apretadísimos y sabía que no quería ver eso. Pero no podía dejar de hacerlo. Supongo que esa es la fascinación que usan algunas serpientes para cazar.
 
No puedo dejar de verlo. Enorme, negro, total. Huele a bronce recién lustrado con Brasso y a Eternidad. Huele a algo que sabés que hiciste mal y a la sensación de que nadie puede vencerte.
Me habla. No abre la boca.
No tiene nada que ver con la idea que tengo de telepatía. Esa cosa hecha de palabras que retumban en el cerebro con alguito de eco y mucho de acostumbramiento hollywoodense. Es una comunicación que me anega el cuerpo, que me llega de todos lados, que hace que toda la piel me tiemble como lo hacen los labios cuando los apoyás en un micrófono que está muy saturado. Un cosquilleo completo, con centro en el vientre y sin bordes, como cuando te lamen las bolas.
YO SOY VOS -me dice, ruge, me atruena- TENÉS QUE HABLARME. ES SOBRE LO-QUE-DESEA-TU-ALMA. DEMORARLO ES INÚTIL.
 
Miro a la rata. Me mira la rata. Estas dos últimas cosas son simultáneas.
Creo entender. Algo oscuro se agita trémulo el fondo de mi conciencia. No llega a formarse nada, sólo una sensación de… ¿hambre, caza? El dragón levanta la cabeza, sonríe (¿SONRÍE?) y remite. No desaparece, remite. Está ahí, 
 
(es gigante, no sé si se los dije antes)
 
pero no está ahí. No sé como definirlo mejor. Da un paso atrás en la realidad.
EL TELÉFONO" me susurra en el vientre antes de replegarse entre las capas del mundo.
 
Suena el teléfono. El dragón ya está empezando a parecerme irreal. En lugar de No Rain o de The Battle of Evermore, que son los ringtones que uso para los SMSs normales o los de dragones negros, se escucha Patriot con la, también, setentosa voz de Steve Van Zandt.
 
I was talking with my sister
She looked so fine.
I said baby what's on your mind.
She said I want to run like the lion
Released from the cages
Released from the rages
Burning in my heart tonight.

 
La imagen del remitente es una corona. La imagen ideal de una corona para quienes no vimos ninguna corona real (en ambos sentidos): dorada, metálica, cuatro majestuosas puntas señalando circularmente hacia el cielo.
LEÓN dice abajo.
Lo dejo sonar un poco, hace mil que no escucho esa canción. Lo abro. SELVA, dice el mensaje. ¿Selva? Pienso.
Cierro el celular y, como es lógico en la ilógica geografía de los sueños, miro hacia la selva (recién advertida, recién formada) que se esfuerza en una confusión de verde y de ramas y de lianas y de humedad a mi derecha, contra la afilada pared de roca del volcán.
 
El aire de pronto se vuelve cálido y aterciopelado y se siente, de forma no desagradable, como una amalgama de sudor y pasto y de tierra y de sol y hambre y del sabor metálico de la sangre.
Miro a la rata. Me mira la rata.
 
Luego, surge.
Es todo músculos. Fuertes correas que llevan y traen kilos y kilos de músculo se prenden y apagan, suben y bajan bajo su cuero en cada uno de sus movimientos.
Es un león. Es lo que hubiera hecho Pininfarina si Dios se hubiera tirado a chanta en el diseño del rey de la selva y los felinos.
Tiene una melena desproporcionada, regia, del color de una cancha de tenis mojada. Si hubiera habido un incendio forestal en el Edén, seguro se hubiera visto como esa melena. Tiene el cuerpo del color de la infinita arena del infatigable desierto y la misma variedad de tonos de amarillo y ocre y naranja que las hojas de la plaza Devoto en otoño le bailan desordenadas por los pliegues de la piel cuando se mueve.
 
Si pudiera pronunciar la palabra majestuoso como lo hace un locutor de National Geographic lo haría, para que me ayudara a definirlo.
 
El león ES y, además, se siente, porque él está ahí, un cierto cambio en el centro de gravedad de todas las cosas.
Tiene los ojos dorados y espesos como la miel fresca. Esos ojos de inteligencia intimidante rigen una cabeza imponente, alzada y (obvio) felina que gobierna un cuerpo de una plasticidad y fuerza perfectas.
Se mueve con la gracia y la parsimonia de la odalisca más peligrosamente mortal de la creación hasta donde estoy yo y me mira y cuando lo hace comprendo como deben sentirse los juzgados por la divinidad, sea cual fuere en la que creyeren.
 
Como siempre que tengo miedo o estoy irrecuperablemente triste quiero escapar por el humor. “No me digas nada, -ensayo una sonrisa y fracaso, opto por no sonreír y veo que sonrío en serio- vos sos yo, estamos en Narnia y ahora me vas a ronronear un montón de filosóficas verdades en la panza.”
La rata sonríe, nerviosa, desde mis piernas. Tiene el mismo miedo que yo.
El león abre la boca, tiene las encías del color de las ciruelas maduras y la lengua (que es grande como mi cara) es tan encarnadamente roja que parece hecha de un solo rubí.
“Después” me dice, porque habla, con una suavidad saturada de desprecio. Mira a través de mí y tuerce la cabeza en un gesto que si no tuviera terror en estado sólido me arrancaría un suspiro de ternura. Le brillan los ojos y se le iluminan los bigotes. Me doy vuelta y el dragón vuelve a ingresar en el mundo moviendo toda su gigantesca y escamosa negrura de toneladas con la misma facilidad con la que una gimnasta rumana de trece años se agacha atarse los cordones. Hace un pequeño movimiento con la cabeza (como si dijera que sí) y salta hacia el lago. El león hace lo mismo.
 
Ya no hay lago, hay un enorme desierto de tierra seca y piedras desperdigadas y malezas que ni siquiera merecen un nombre en botánica.
Y el aire está plagado de sonidos de respiraciones de bestias y gruñidos de entidades poderosas y se sacude y se expande y se contrae y se calienta y crece como si un dragón negro y grande como la noche más larga y el león más brillante y fuerte de la historia estuvieran midiéndose y probándose y atacándose y esquivándose en una lucha ciclópea.
Que es justo lo que está ocurriendo.
 
La rata me mira, hay miedo y ansiedad y excitación en sus ojos de tintero. Miro a la rata, hay miedo y ansiedad y excitación en mi mirada.
Ahora que pasó lo más sorpresivo caigo en la cuenta de un hecho que es fantástico, incluso para un sueño: la voz del león es igual a la voz de Barry White.
 
Can't get enough of your love, babe.
 
Ya es muy tarde, y esta semana la estoy laburando entera, son muchas horas, sigo la semana que viene.
No resta mucho.
 
Semilla
junho de 2007

Now Playing (may 2007)

Volví a jugar.
Con ímpetu.

Terminé el Kingdom Hearts (PS2), que me pareció mágico, y jugué luego el muy, muy flojo Kingdom Hearts: Chain of Memories (GBA) para entender algo de la historia cuando me disponga a jugar el segundo KH.
 
Mientras sanciono torneos, laburo para el local en casa o tengo esos *blank* spaces delante de la compu estando calzones sin otra cosa que hacer juego boludeces en emuladores. De esta manera, en largas etapas, terminé el Sword of Mana, que está bien. Muy bien. O sea: podés ser ninja y luego shinobi. Cualquier juego que ofrezca eso tiene, por necesidad, que estar bueno. Además, porque los programadores sabían lo que hacían, la clase *NINJA* es la mejor de todas las que podés ser en el juego.
 
Empecé el Rebelstar también, pero es más profundo de lo que mi tiempo emulatorio me permite.
 
Y ahora sí: estoy, finalmente, jugando Final Fantasy XII.
Y es excelente.
 
O sea... yo, salvo el X porque nunca tuve el momento exacto de querer jugarlo y el XI por ser online, jugué a todos los FF que salieron. Los he disfrutado mucho de diferentes maneras y conozco los méritos de cada uno en su lugar y tiempo.
Y nunca me canso de decir que terminé el VII en PSX antes de que llegara acá (la piratería no era isntantánea en esos tiempos) porque me lo pasaron original. Y lo terminé todo sin guía y lo único que me quedó sin sacar (de la ENORMIDAD que es el FFVII) fue Knights of the Round. Y jugué el VI, que es, probablemente, el RPG más cuidado de la historia. Y el VIII, que me pareció una cagada. Y el IX, que es el más bonito a mi entender. Y cuando salieron las reediciones en PSO jugué los anteriores y cuando volvieron a salir para GBA (el V está muy bien!) las volví a jugar.
 
Y, a pesar de lo arriesgado, me atrevo a decir algo: es el mejor de la serie.
 
Aún lo estoy destejiendo, pero ya en este punto la historia es rica, larga, compleja, pulida. Los personajes son (salvo Vaan, que es un siome de competición) fuertes, creíbles, valientes y definidos. Incluso el Vegeta del juego (Balthier) me cae bien. Es más, es el que mejor me cae.
Los gráficos son preciosos y cuidadísimos. El entorno del juego es vastísimo y sólido. La música está bien, pero adolece de no ser tan soberbia como en las muestras anteriores. El sistema de combate es lo que siempre quise, es lo mejor del juego para mí. El sistema de licencias hace que sea mucho más difícil romperlo... podría hablar mucho, pero sería redundante.
La cuestión es que jugándolo pensaba en que era el mejor y quería decirlo, porque generalmente el purismo en estas cosas y el pensar que todo tiempo pasado fue mejor (como pasa también en la música y otras formas del arte pop) hace que sea difícil que uno aprecie aquello que es lo mejor cuando es contemporáneo.
Y este juego es rico, muy, muy rico.
Si, es el mejorcito de los FF.
junho de 2007

Milton 39

Y cuando despierto mis sueños son locura, maldición.
-Browning
 
 
Kisa sueña el sueño sensual y atento de los gatos.
Como todos sabemos los gatos, cuando sueñan, sueñan con tigres.
 
Hay sol y rige el cielo.
El calor es bochornoso. La humedad es mucha. El clima es perfecto.
Lame (sólo por lamer, sus sentidos -su atención-, están en otro lado) el agua cenagosa y tibia de la orilla del río. Antes de que se rompa en decenas de facetas circulares puede ver brevemente su terrible rostro de tigre: grande, suave, naranja, predador. Como el de sus padres y los padres de sus padres y los padres de ellos. Miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco se juntan en ese rostro.
Entra con displicencia y gracia en el agua. Disfruta, con esa forma sensual y atenta de los gatos, de la sensación (si volara la sabría como la que sienten los pájaros al volar) del agua contra el pecho: la resistencia mínima de aquello que luego envuelve.
Nada. Elegante, como nadan los tigres.
Huele. La selva siempre huele a oscuridad, a sexo y a tierra; a vida y a muerte y a celo y a grito. También, cuando se dedica a oler, como ahora, huele a miedo y a caza.
Tiene apenas por encima del nivel del agua los implacables ojos de ámbar abiertos y expectantes. A cinco metros (ya son cuatro) un jabalí se limpia la piel en el barro seco de la orilla. Es una buena pieza: pequeña, carnosa, de cuello grueso. Está demasiado feliz mezclándose con el barro y el sol y el día perfecto como para poder oler, él también, su miedo y la caza. Como para escuchar a la infinita muerte naranja con dientes.
Ocurre.
Es un borrón de tigre y de sol y de agua y de cerdo. Naranja y rojo y verde y marrón.
Afortunadamente para todos la muerte en la selva es rápida y sencilla. Un par de patadas al cielo, un gemido ahogado que se escapa por un hocico pequeño que escupe sangre roja y brusca y brillante.
Kisa aprisiona el cuerpo mientras va perdiendo el calor bajo las poderosas garras blancas y negras. Mantiene la boca aún cerrándose, perfecta, sobre el cuello nudoso y manchado del jabalí.
Aún minutos después de que el jabalí dejara de presentar resistencia no tiene apuro en abrir las mandíbulas. Puede seguir el protocolo. Puede dejar que la adrenalina se vaya sola. Que la sangre acaricie, como un amante generoso, sus encías rosa profundo.
El camino de vuelta al cubil es tranquilo. Pleno de verde y olores familiares. El jabalí abunda en carne más no pesa mucho.
Huele, siente, sabe, como todas las madres, la presencia de sus cachorros.
Salen, con majestuosa torpeza, sucios y del todo tigres, a recibirla desde detrás de los juncos.
Son tres, huelen a saliva y a pis y a agua estancada y a amor y a mañanas pasadas.
 
Kisa gira mientras sueña y se acomoda. Y gime (muy bajito) ese gemido sensual y atento de los gatos.
 
Deja la comida en el suelo y procede a deshacerla con oficiosa prolijidad. A separar toda la carne de los huesos. A ofrecer los cálidos y jugosos órganos internos antes que otra cosa a la hambrienta turba que se pisa y se muerde para llegar primero. Con estudiado aburrimiento los corre con fuerza y amor de un zarpazo varios metros hacia atrás. Los cachorros (dos nenas, un machito, el cuarto murió en el parto) pestañean con perplejidad ante el doloroso cariño materno y vuelven a la carga todo dientes y entusiasmo.
Kisa se echa a un costado, satisfecha, a limpiarse las garras y el pecho.
Mira con orgullo como sus hijos hipan y comen atolondrados y extasiados la carne caliente y jugosa del cerdo. Mira, con ese sensual y atento amor de las gatas madres, sus terribles rostros de tigre: pequeños, suaves, naranjas, predadores. Como el ella y el de sus padres y los padres de ellos.
Y como las miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco que engendrarán esos rostros.
 
Kisa despierta, se estira (ya imaginan como) y va a buscar su alimento balanceado (pollo y verdura, para gatos más bellos y para un pelo más brilloso) a la cocina. Después hace pis en su cajita con piedras y pide que le abran la puerta para ir un rato al techo de la fábrica de al lado a buscar un par de cucarachas para despuntar un poco el instinto.
 
A Kisa la castré a los cinco meses.
 
Kisa, cuando sueña, como todos deberíamos aprender, sueña con tigres.