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May, 2008 Milton XVPasé en limpio otra parte del sueño que anoté en enero, hacía un montón que no revisaba esto. Sepan disculpar.
¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño? Lento en la vaga luz me he preguntado. casi como un consuelo, si el pasado de que este Adán, hoy mísero, era dueño,
no fue si no una mágica impostura de aquel Dios que soñé. Ya es impreciso
en la memoria el claro Paraíso,
-Estás en el medio-, me dice y es como si el sol se fuera a vivir a mi cráneo y prendiera la calefacción.
Tito, desde lejos, mira por sobre mí. Y, sin escuchar nada, sin que él hable, entiendo lo que dice: esta peli ya la vi. El mundo se corre un chiquitín al costado. No sé si alguna vez sintieron eso. Si lo hicieron no hace falta más descripción. Y si no lo hicieron acepten esa como la descripción más adecuada. Palabras como completo y redondo y cálido y felino te asaltan la mente. Y es lo único que pueden asaltar, ya que el cuerpo está demasiado ocupado haciendo riot control hormonal. La piel es del color del Serenito de dulce de leche y parece tener un bello muy fino por todo el cuerpo. Se yergue, el pelo de un negro intensísimo, alta y esbelta como un lustroso bastón de caoba con puño de obsidiana. Es obvio que es una mujer. Es más que eso: es básica. Seguro que juega para el equipo de los Arquetipos en el clásico de las descripciones. Pero además de mujer es una espada y es un tigre. Si estuviera menos fascinado y estuviera menos ocupado mirándole alternativamente las levantadas tetas y los ojos negros como la noche (y esto no es retórica, o casi, REALMENTE son como el cielo nocturno: irremediablemente negros, ubicuos, lejanos y ajenos) me daría cuenta, como hago ahora, que ya he visto (muy eventualmente) mujeres así. Ninguna como esta, claro, pero sí en la misma línea: mujeres bellísimas y terribles. Mujeres que son hermosas y peligrosas, a las que hay que disfrutar de lejos. Como el rompimiento de un glaciar, como una pantera cazando, como la explosión de una estrella. -¿Me escuchaste? Ronronea.
Tuerzo la cabeza como un perrito. En ningún momento deja de mirarme. Tiene los ojos como taladros. Abre la boca. No dice nada. Algo sucede con sus labios. No es una sonrisa.
Se siente. Yo lo siento. Cualquier ser que mee de parado y se sensibilice con un tiro libre bien pateado lo sentiría. Es un descarrilamiento emocional que viene impreso genéticamente desde el fatídico momento en el que a Adán se le atragantó una uva cuando Eva le comentó lo bien que le quedaba el pelo así. Se llama Encanto. Y, en estas dimensiones, es invencible.
Articulo un torpe, un insuficiente, un arrastrado “sí” y me muevo de forma abisagrada, impersonal, sintiéndome muy lejos de allí.
Está vestida de la manera en la que siempre pensé a Helena, o a Hera: esa túnica que parece de leche viva, repartida sobre su improbable cuerpo de la manera más femeninamente adecuada, un brazalete y un broche de oro y algún otro adorno perdido entre pliegues de tela y tibieza de carnes, unas sandalias de cuero chatas, crudas, anudadas con tiras. Pasa por mi lado fatalmente vertical, en un frufrú de elevadas piernas y seda aérea y olor a flores de naranjo y a oscuridad húmeda y peligrosa. Mantengo los ojos en una nada alejada. Me avergüenza querer mirarla al pasar, me avergüenza no hacerlo.
Hay algo en ella que me disgusta y me incomoda. La sensación de no poder dejar de estar fascinado con su belleza agiganta esa sensación. Para llevar ese momento de una mejor manera busco a mis conocidos en el grupo que rodea al maestro de ceremonias. Todos están borrados, como en la tapa de Around the Sun o como si me hubiera apretado los ojos mucho y muy fuerte, salvo un rostro (una parte de un rostro): unos ojos pequeños, severos, negros, bovinos, semicerrados y terribles que me miran por completo. Los veo como dos alfileres negras clavadas en un sinfín de arrugas en una cara casi de cuero amarronado. Quiero decirle que no me gusta todo esto, que hay que hacer algo. Hay una comprensión en esa mirada que no tiene nada que ver con lo racional y luego esos ojos se cierran lenta y seguramente y el tiempo empieza a fluir normalmente otra vez. Hay música. No la distingo. The best looking boys are taken. The best looking girls are staying inside. So Judy, where does that leave you? Mi ropa es otra. Me siento mejor al respecto. Cuanto más me alejo de la remera de cuello redondo peor me siento. El grupo rodea espaciadamente a la recién aparecida, viéndolo desde afuera y arriba (desde el pelado cielo) se ve la formación como una omega.
El anómalo Sean Connery se acerca con la más desagradable de las sonrisas y, sin tocarla en lo absoluto, manosea a Helena (no sé cómo llamarla, o lo sé pero su símbolo es demasiado evidente) de una forma que me asquea. Sigo sin entender sus palabras, pero sé que son horribles, chapoteadas y groseras, crapulosas e infectas. No puedo hacer nada, nadie puede (nadie debe) hacer nada. Ella mantiene la mirada limpia y alta y comienza zumbar muy bajo. El maestro de ceremonias sigue gesticulando y con cada movimiento expone y embarra el sexo de Helena, lo contagia y lo pervierte. Busco los ojos de toro que me calmaron antes. Los encuentro fríos y brillantes, con una serena furia entre varios rostros desconocidos. Me dan la tranquilidad que necesito, la contención de mi inquietud. Helena sigue zumbando, tiene un tono profundo y perturbador. Sonríe, pero no hay alegría en su cara. Es belleza pura, pero es una belleza que no provoca calor. Me arde el pecho. Tiene un perfil delicioso. Ahora comienzo a atenderlo. Es un caballo, o el ideal de un caballo. Ahora noto un duro olor a pasto recién cortado y a sudor caliente y animal. Veo los ojos desorbitados y fuertes y los ollares despidiendo aire caliente y mocos blancos. Lo veo aterrado, con esa máscara de locura que siempre noté en la mirada de los caballos, por apaciguados que estén. Helena zumba más profundo, más bajo, más mujer. El caballo parece remitir, respira más tranquilo, sus manos y pies permanecen los cuatro en el suelo blando y plano. Helena lo rodea lentamente, lo canta, es negro como su cabello. Ambos, ahora, se miran a los ojos. No puedo dejar de verlos alternadamente, el poderoso cuello de uno, los delicados hombros de la otra, el pecho ancho y musculoso, el vientre plano y fino, las excelentes piernas firmes. Ambos hermosos, oscuros, perfectos, ambos inmortales. El caballo nos mira A nosotros, los espectadores, pero también a MÍ, el soñante.
como si nunca hubiéramos estado allí. Relincha bajo y suave, contenido sólo por el zumbido de Helena. Ella levanta los brazos. Tiene los pezones erectos, duros bajo el roce de la túnica. Zumba y mueve las manos. Un desordenado tumulto de piel negra y pelo negro y ¿plumas? negras raya y abulta los flancos del caballo.
En nada, bajo el inexistente y luminoso sol de esta cima, dos excesivas alas de plumas negras se alzan sobrenaturales y lógicas entre todos nosotros. Busco a Tito. Sonríe, pero algo triste hay en su mirada. Milton descansa en el hueco de sus manos unidas, con una mirada muy similar. Con inquietud, con indignación, recorro las caras. No hay muchas diferencias. A medio camino entre el círculo de espectadores y el extraordinario par está el maestro de ceremonias sonriendo una sonrisa arrogante que parece hecha de moscas y gusanos. Helena está abrazada al hirviente cuello del Pegaso besándolo en los oscuros belfos con una ternura que me incomoda. Lo mira directamente en los ojos y el caballo repliega las desacostumbradas alas. Ella me dirige una estéril mirada y luego se centra en la cara de toro y león del gigante de cuero marrón que está parado como una montaña entre la multitud. Él asiente casi sin mover la cabeza y ella monta sin ningún esfuerzo el gigantesco caballo, desnudas las nalgas sobre el sudor caliente del lomo. Las alas producen un viento sobrenatural, fuertísimo. Sin embargo nadie (yo tampoco) se incomoda por ello. Helena no baja la mirada en ningún momento. Su cabello que no es ni largo ni corto le ondea en muchos tonos de negro acariciándole la espalda. Recién noto que ahora está desnuda. El maestro de ceremonias se acomoda la galera y con una voz fuerte y burlona comienza a caminar de izquierda a derecha, hablando más palabras que no entiendo pero desprecio. Sonríe, sonríe mucho y enfermo. Se elevan uno, dos, tres aplausos. Hay un cuarto aplauso en no pocos lados del (ahora) círculo de espectadores. Luego se escucha un quinto y último y combativo aplauso en cinco, siete, diez puntos más. No quiero ver si Milton aplaude, no quiero ver cuántas veces. Aplaudo cinco veces, más como protesta quien no entiende que como opinión, con los ojos cerrados y calientes. Cuando los abro ya no hay Pegaso. Cuando los abro el diablo de la galera y los volados está mirando fijamente a una mole de más de dos metros de alto. El megalito de carne y músculos se desprende de la multitud como el bostezo de un gigante y avanza hacia el centro del círculo. -¡A la mierda!- me dice Milton, que vuelve a ocupar mi hombro. pero yo sé que existe y que perdura, aunque no para mí. La terca tierra
es mi castigo y la incestuosa guerra
de Caínes y Abeles y su cría.
Y, sin embargo, es mucho haber amado, haber sido feliz, haber tocado
el viviente Jardín, siquiera un día.
February, 2008 Milton LIVSo long ago
Was it in a dream, was it just a dream? I know, yes I know Seemed so very real, it seemed so real to me Estoy tratando de ordenar lo que no perdí.
The oldest and strongest emotion of mankind is fear, and the oldest and strongest kind of fear is fear of the unknown.
H.P. Lovecraft - Supernatural Horror in Literature Somos tres, no conozco a mis acompañantes.
en un auto que huele a cuero lustrado y a casa de gente muy mayor y en el que todo se siente un par de grados centígrados más frío de lo que parece. Yo estoy sentado en el asiento de atrás. Del lado del acompañante. En la radio (una de esas radios antiguas con un visor gigante de números blancos y gruesos atravesado por una línea roja muy fina y teclas grandes y de un color marfil indefinido como dientes enfermos) se escucha (lo más acertado sería decir que gotea) una canción que quiere convencerme de que es de Miles Davis, pero yo sé que no es así. Tendría que recordarla, había algo de insecto o de araña en esa canción, en el fondo, en la parte de atrás de mi cerebro… no sé cómo explicarlo. Yo lo entiendo muy bien. Tengo esa sensación a veces en lo alto de la noche cuando no puedo dormir y el silencio es agresivo. En un momento tan inoportuno como cualquiera, en un lugar tan inoportuno como todos los demás de ese viaje en el que voy hiriendo la noche con dos desconocidos el auto frena
Se para absolutamente es lo que quiero decir. De plano. Sin chirriar de ruedas ni inercia. Subo yo. Me siento a mi lado. Tengo un miedo desaforado. El tipo de miedo que se sale de cauce y anega la mente. El coche se pone en marcha y acelera en la anormal densidad de la oscuridad de la noche. Despierto. Plaza pelada. Sólo árboles secos. Aún se animan a jugar unos niños viejos. Los Visitantes - Gris Atardecer “¿No querés divertirte?” “¿No querés divertirte?” Grita, escupe, canta, aúlla, golpea la figura de una nena desde una descolorida hamaca de plaza, plana la madera al final de un montón de eslabones oxidados. La plaza es la Martín Rodríguez, de Pareja y Helguera. Yani murió hace 20 años ya. Flores de amarillo intenso y despiadado rojo le rompen los aún no formados pechos y se desparraman por su falda y caen, hacia delante y hacia atrás, con cada balanceo de la hamaca, con cada aullido de su risa enferma. Despierto. "She was a remarkable woman." "All women are remarkable." Orpheus and Andros – Sandman #41 Juego al ajedrez con vos. Como antes. Estamos solos, los dos y un reloj de sol, en una terraza teñida de blanco y de oro. Ese tipo de terraza que uno asocia con el mediterráneo: construcción blanca de paredes bajas bajo un sol que hace todo más blanco aún. Los trebejos zumban canciones y el viento huele a vainilla y a saliva dulce. Quiero cogerte. ¿?
Recuerdo que quería cogerte. ¡! En el sueño. … Tengo el vientre ardiendo y los alfiles se mueven solos y zumban. Todas las piezas lo hacen y ese movimiento y ese sonido es de alguna manera el amor y es el sexo.
Cuando levanto la vista del tablero no hay nadie. Queda un serio olor a vainilla y al desodorante que usabas hace años. Despierto. A successful tool is one that was used to do something undreamed of by its author. -S.C. Johnson Tengo la cabeza dentro de una jaula. La llave, lo sé, está en un pájaro. Subo corriendo una escalera de piedra y de mármol que se enrosca sobre un árbol enorme y del color del bronce recién lustrado. Subo por la escalera saltando los escalones de a dos y de a tres, estirando los brazos y sacudiendo la jaula con cada movimiento. Subo esa escalera gigante y le pido al primer pájaro No hablo en ningún momento, no hubo sonidos hasta el momento en el sueño.
que veo que me dé la llave.
El pájaro trina Ese sonido entre tanto silencio es como una mancha de sangre en el guardapolvo de un chico. y la jaula se abre. Despierto. She’ll look at you and smile
and her eyes will say she’s got a secret garden where everything you want, where everything you need will always stay a million miles away. Bruce Springsteen - Secret Garden Hay algo en la bañadera.
Me acerco para ver qué es y ahí ella se levanta. Desnuda, tiene la cara inolvidable; el pelo corto, con mil colores distintos. Levanta el brazo izquierdo. Está empuñando un arma. Me apunta. Es un arma extraña: tiene forma de pistola, pero tiene injertado un cargador de revólver. Gatilla. Del cañón sale un haz de luz que me traspasa de lado a lado. No hay dolor. No hay lesión de ningún tipo. La luz pasa a través de mí, y nada más. Ella me sonríe. Despierto. Our love is like water
pinned down and abused for being strange. Our love is no other than me alone for me all day. Live - All Over You Todo es agua.
Me doy cuenta de que en una situación así no sirve llorar y eso me enoja. Veo el agua. Siento el agua. Mi novio ríe y baila girando desnudo Noto que le faltan los tatuajes. y eso me enoja. No puedo verme, pero puedo ver el agua. Eso… me enoja. No escucho nada y eso me enoja. Despierto.
Extrañamente desperté de muy buen humor.
Esa mañana Cristian me llamó cuando estaba desayunando. Recuerdo, incluso ahora, ese clima de irrealidad que me envolvía cuando él me dijo “Soñé con vos ayer. Algo extrañísimo”. Recuerdo el ruido del agua llenando la mochila del inodoro (recién había tirado la cadena). Ese momento mínimo de atemorizada magia mientras esperaba que me contara. Igual me dijo que soñó que le regalaba una camioneta. Me, I'll take her laughter and her tears and make them all my souvenirs. Elvis Costello - She Es todo pasto y lomas. El terreno es tan alomado que parece que corro por las nalgas de un gigante. Un gigante con el culo de pasto, claro.
Corro sin ninguna elegancia, como corren los que tienen ganas de correr. Tiro las piernas adelante y dejo que el resto del cuerpo las siga. Soy la imagen que tengo hoy de la persona que era cuando tenía once años. El pelo corto, la cara redonda, los ojos grandes y las pestañas inmensas. Una sonrisa boba me ocupa gran parte de la cara. Adelante hay un árbol. Lo asocio sin pensarlo mucho con el árbol bajo el cual Alicia se durmió. Paso bajo el árbol, salto y le arranco varias hojas verdes y sanas. Unos cuantos saltos más adelante me encuentro con mi hermana. Está acostada en el suelo, la panza contra el pasto, una nena de nueve años con un vestido blanco y rojo y con un tarrito de vidrio de yogur La Vascongada y una cuchara grande de mango rojo. Está leyendo uno de los cuadernos Gloria en los que le dibujaba cuando era chico historietas en las que los protagonistas eran nuestras mascotas (muchos cobayos y hámsteres y conejos que eran nuestra compañía en las tardes vacías) disfrazadas de superhéroes. Me freno y me miro las zapatillas: unas azules y blancas, de marca indefinida, con dos abrojos y las puntas comidas por pegarle a la pelota. Sabri me mira y se ríe. Me grita, como siempre, que tengo cara de tortuga. Despierto. Me rasco el traste y voy a la cocina. En calzones con un brazo apoyado en la puerta abierta de la heladera apuro media botella de agua blanda y fría y miro sin ver el saché de yogur para beber que descansa junto a la botellita de limón y las latitas de cerveza. Hace años que no veo yogur en tarrito de vidrio. Yogur de frutilla de color blanco marca La Vascongada. Algunas veces la cortina que nos separa del llanto tiene el grosor de un pensamiento y es translúcida como un alma. Lloro. No estoy triste, ni mucho menos. Lloro porque el llanto está ahí. Porque son las tres de la mañana de un día menos y porque algunas cosas simplemente suceden y (afortunadamente) la razón (las razones) no es garantía de nada en esos momentos. Me acuesto. Todo es diferente pero el sueño
Lo sé.
es el mismo.
Soy un conejo blanco que corre entre la nieve. Sabri ya es grande y está vestida de rojo y verde, muy abrigada, en un banco de mármol perdido entre tanta nieve blanca. Tiene anteojos cuadrados y un gorro de lana. Me subo a sus botas y me limpio la cara con las manos. Ella sonríe y lee en voz alta un libro de tapas gruesas y verdes. No entiendo ni una palabra. Despierto.
Man is a small thing, and the night is very large and full of wonders.
Lord Dunsany - The Laughter of the Gods Me despertaba. Y lo hice. Antes...
¿En el sueño anterior?
En algún sueño anterior, tonto. Era una maga grande Por grande quiere decir adulta, Luna tiene cuatro años.
de pelo negro y ojos enormes y redondos.
Convertía a los animales en personas y a las personas en cartas y me daban un premio. ¿Quiénes? ¡Los animales, tonto! Y cantamos para la tele. Despierto.
Dream, dream away
Magic in the air, was magic in the air? I believe, yes I believe More I cannot say, what more can I say? Gracias.
January, 2008 Milton LIIIYou will fall asleep with ants in your pants.
Judy, you're just trying to find and keep the dream of horses. And the song she wrote was Judy and the Dream of Horses. Dream of Horses. You dream of horses. Hace alrededor de un mes tuve el que, de los que recuerde, considero uno de los mejores de mis sueños.
Y uno muy largo. Muy empecinadamente largo.
Lo apunté con estúpida y legañosa felicidad en madrugadores calzones, con un lápiz negro en las tres últimas páginas (con gran cantidad de blanco) del libro que estaba leyendo la noche anterior.
Voy a partirlo en dos o, quizá, tres partes, ya que no termino nunca de encontrar la forma de reproducir el sentimiento de épica y de vergüenza que me embargaban en el vertiginoso tránsito de ese sueño. Incluso ahora, al releer lo poco que escribí caigo en que es muy, muy pobre comparado con lo que sentí esa mañana. -Esta peli ya la ví. Tito, como a través de un balde (cosa que es casi verdad, ya que tiene un yelmo de cruzado puesto), me dice eso sin ninguna inflexión en la voz. Yo asiento sin sorpresa y sin mirarlo, mientras siento a Milton sobre el hombro derecho, donde suele viajar, una presión mínima de uñas y calor. Ella y yo estamos mirando al absoluto envoltorio azul del cielo. Yo con cierta sensación de pérdida, ella con esa mirada romántica que sólo la completa esfera negra de los ojos animales -esa noche mojada- puede producir. El cielo parece estar mucho más cerca. Parece ser mucho más cielo. El aire es frío y cuesta respirarlo, de puro limpio. Imaginen un rascacielos cilíndrico y altísimo, más que cualquier cosa que hayan visto. Alto como una montaña, flaco como las patas de una jirafa. Ahora imaginen que está todo cubierto de pasto y salpicado de arbustos, tanto la parte superior (que es un círculo perfecto y plano) como sus flacos. Un pasto ancho y fuerte, de no más de cinco centímetros de largo, uniforme, eterno en lo verde.
Tito se mueve con elegancia inusual para alguien que viste un yelmo de cruzado (como creo haber dicho), una cota de mallas, jean azul y zapatillas adidas negras. La caladura en cruz del yelmo le descubre, apenas, unos sorprendidos ojos de niño y un emocionado temblor de las aletas de la nariz. Camina hacia el centro de esta altísima redondez. Milton, desnuda y deslumbrante de espinas, como es su puercoespinesca costumbre, me hace una señal con su mínima nariz para que lo siga. Me pongo en marcha. En ese momento veo la escena desde arriba-afuera. Tengo un aburridísimo traje de negrura total que se solidariza en color y estilo con un abrigo que besa el pasto. Parezco el Neo del subdesarrollo. Tito nos guía hasta un grupo que contiene alrededor de veinte personas más. Ahora cosas que sé y que no me son explicadas, que vienen implícitas en el sueño: el lugar es importante, es una cima aislada en la que se desarrolla una especie de competencia entre la mayoría de estos individuos (no todos son antropomórficos) que vemos. No se gana, no se pierde, pero en esta reunión se juega algo que es más importante que ganar o perder, que tiene que ver con uno mismo y, de alguna manera, con la forma en la que el universo va a juzgarte mientras lo camines. Compromete a tu futuro y a los tuyos.
La necesidad de éxito que siento, con un peso físico, me atenaza con dedos espesos y enfermos la garganta. Me hace sentir el estómago oleoso y pesado de ansiedad y temor. -Esta película ya la ví-, dice Tito sacándose el yelmo y señalando una reunión semicircular a unos treinta metros delante de nosotros, de la que se desprenden secos y espaciados aplausos. Cuando llegamos vemos a un hombre alto, tan alto y flaco, que provoca vértigo de sólo mirarlo, de barba dorada y ojos de miel. Se eleva posando cada uno de sus enormes y angostos pies sobre sendas águilas gigantes y rosadas, más hechas de seda que de plumas, de picos desgarrados y fieros. Yo miro con asombro. Milton y Tito no demuestran nada. Es más, incluso parecen decepcionados. Me siento mal, no sé porqué. El gigante raquítico va escalando el aire demasiado claro del día. No se ve al sol en ningún lado, no hay sombras. Como si se hubieran robado al sol y la luz simplemente estuviera allí, cubriendo todos los rincones y proviniendo de ninguno. Una figura seriamente masculina se abre paso entre la gente con aplomo y sin molestarse en pedir permiso. Viene hablando en voz alta y clara, en una voz hermosa. Viene agitando las manos con movimientos precisos y teatrales y diciendo palabras que no puedo comprender, por más claras que me ataquen las orejas. Tito parece entender, ya que sonríe y aplaude dos veces, como también hacen Milton y varios de los otros (la mayoría). Luego se escuchan dos o tres personas más que aplauden otra vez y, en la punta más lejana a donde estamos nosotros, se escucha y cuarto y último aplauso. El hombre se acomoda un sombrero de copa, de intenso bordó, sonríe como una princesa y comienza a gesticular y hablar otra vez. La gente lo sigue con una atención que me incomoda. Tiene rasgos francos y fuertes, innumerables arrugas le decoran la frente y los ojos cada vez que sonríe y vuelve a acomodarse el sombrero. Está vestido con un saco rojo y pantalones blancos y ajustados, pesadas botas negras de múltiples hebillas de plata y una camisa amarilla con muchos volados que le asoma por el pecho y las mangas del saco. Se parece peligrosamente, asombrosamente, incesantemente, a Sean Connery. El hombre de alambre que camina sobre águilas ya desapareció de mi vista (y creo que fui el único de los que allí estamos que le prestó atención una vez que ganó el aire) cuando Mr. Connery vuelve a herir el aire con gestos de mano deliberadamente efectivos y a sacudir el silencio con su voz de maestro de ceremonias. Está señalando hacia donde estoy yo y el resto de la gente comienza a mirar en mi dirección. Cuando la incomodidad y el temor comienzan a solidificarse busco apoyo en Milton. Ella ya no está (no supe cuando abandonó mi hombro) y a Tito lo distingo a unos veinte metros más adelante, en otra parte de la medialuna de espectadores, también mirando hacia donde estoy. Por suerte no llego a (no tengo tiempo de) cometer un error, una voz desde detrás de mí mata al mundo y se devora toda mi atención. La voz se me clava como mil alfileres al rojo en el medio de la mente. Y que voz. Si el chocolate y el vientre de los tigres al sol hablaran, tendrían esa voz. Una voz untuosa y caliente, una voz segura y de eses y enes y emes profundas y carnosas. Una voz con la que uno se sacaría fotos para mostrárselas a sus amigos. Si las voces pudieran tocarse, me encantaría sentirle las tetas a esa voz. -Estás en el medio-, me dice y es como si el sol se fuera a vivir a mi cráneo y prendiera la calefacción. The best looking boys are taken.
The best looking girls are staying inside. So Judy, where does that leave you? Walking the street from morning to night with a star upon your shoulder lighting up the path that you walk. With a parrot on your shoulder, saying everything when you talk. If you're ever feeling blue then write another song about your dream of horses. Write a song about your dream of horses. December, 2007 Milton LIIGrounded, 5 a.m.
The nightlite is comforting. But gravity is holding you. Once settled into sleep
you have watched on repeat, the story of your life across the ceiling; and in review, you've said the air was singing
it's calling you, you don't believe these things you've never seen. Un par de sueños que me confiaron y alguno que otro mío.
No sabía cómo organizarlos, así que creí conveniente no hacerlo en lo absoluto. The sea is as near as we come to another world. -Anne Stevenson Me muevo con lentitud, bebiendo con cada paso los irrepetibles colores del cielo al atardecer. En algún momento llego hasta la puerta de la casa. Es una posada. Penumbrosa y desbordada de olores. Da refugio a cuatro hombres viejos y amarillos, con cara de marineros, de sonrisa cansada y sincera. Me acerco a un ventanal y me acomodo en una de las pocas mesas, cuadradas, de madera oscura, cubiertas con manteles a cuadros. Hay un vaso con vino tinto y especiado delante de mí. Lo sostengo con ambas manos sin ninguna intención de tomarlo en lo inmediato. Es grande y de metal. Se siente bien al tacto. Lo hago girar mientras paseo la mirada. Dos de los hombres ríen y fuman algo que huele muy fuerte. Miro por las ventanas sucias, saladas, partidas en cuatro vidrios regulares. El sol se está metiendo en el horizonte y en el mar flotan cientos de limones sin ningún patrón. Mientras los miro con un sentimiento que no puedo identificar del todo pero que tiene gusto a nostalgia y también a asombro se acerca a la mesa una mujer cuya cara no veo. De cintura generosa, de manos enormes y hermosas. Me deja una botella sobre la mesa y le agradezco con una sonrisa y un mínimo movimiento de cabeza. Los limones giran en el mar y el sol se pone con una velocidad que no es natural. Abro la botella y de adentro sale una música de cuerdas que se expande y se repite y se retuerce y se eleva y empieza a llenar el espacio. Despierto.
Ph'nglui mglw'nafh Cthulhu R'lyeh wgah'nagl fhtagn. (In his house at R'lyeh dead Cthulhu waits dreaming.) -H.P. Lovecraft, The Call of Cthulhu Fuimos a comprar tierra para las macetas. Nos atiende alguien. Me corrijo: algo. Algo que no acertamos a comprender.
Repentinamente avergonzados pedimos la tierra y Eso nos habla. Nos sabemos llevados por el discurso de la Cosa. Discurso que no entendemos. No entendemos lo que dice, pero lo encontramos incómodo, obsceno, sus palabras suenan a aceite, a caracoles caminándote por el cuerpo.
Queremos resistirnos, pero sonreímos cada vez que Eso hace una pausa. Queremos resistirnos, pero sabemos que estamos atrapados. Es asfixiante, ominoso. Cuando esa cacofonía hecha de pedos y gelatina y cucarachas y llanto de bebé termina, nos encontramos pagando con unos billetes muy grandes (parecen hojas de diario) tres semillas de algo que no sabemos que es. Despierto. The impossible is possible tonight
Believe in me as I believe in you, tonight -The Smashing Pumpkins, Tonight, Tonight
Estoy en casa, en la cama.
Me levanto, me veo. Abro la ventana y el cielo es nocturno y está estrellado. Estoy en bolas y prendo un pucho. Miro por la ventana. La noche se pliega sobre sí misma. Me hace acordar a un avión de papel. Se pliega sobre sí misma y desaparece. Despierto. ¿Y en qué lugar habrá consuelo para mi locura,
esta ironía con qué se cura si el final es en donde partí? No llores más, dame la mano contáme tu suerte, de esta manera quizás no sea la muerte, la que nos logre apagar el dolor. -La Renga, El Final es en Donde Partí Estaba en un recital de La Renga. De pronto toda la gente se convierte en tortugas gigantes y sale corriendo. Despierto. Every night these silhouettes appear above my head,
little angels of the silences that climb into my bed and whisper.
Every time I fall asleep. Every time I dream:
"Did you come? Would you lie?”
-Counting Crows, Angels of the Silences Estoy mirando hacia el cielo. Desde lo alto viene bajando mi novia. Alada, hermosa, blanca, lampiña. Desciende lenta y decididamente hacia donde estoy yo. Tiene en las manos un cajón. Lo reconozco: es el cajón de una cómoda que tiramos a la calle hace dos, tres años. Llega al suelo y apoya un pie y luego el otro (está descalza) con delicadeza y en una perfección de silencio. Deja el cajón en el suelo. No me mira. Me arrodillo junto al cajón y veo que está lleno de fotos de mí con otra mujer. No conozco a esa mujer. Esto es cierto tanto en el sueño como en la realidad. No reconozco las fotos. Ni sus paisajes, ni las caras de los que nos acompañan, ni la marca de la cerveza que se ve arriba de la mesa de un bar ni el número del colectivo que se ve en otra me resultan familiares. Sabía que era un número, pero son caracteres imposibles de distinguir. “Como el idioma de Predator”. Me encantó esa descripción.
No conozco a la mujer, que en todas las fotos me acompaña, plana y sonriente.
Quiero protestar. Protesto, pero sólo por adentro. Me paro, miro a mi novia y señalo el cajón. No digo (no puedo decir) nada. “Te perdono”, dice mirándome fijo. Esas dos palabras quedan dominando el mundo. Se va. Alada, hermosa, blanca, lampiña. Despierto. "Me sentí horrible. Al despertar, durante todo ese día, por la noche… no hablé con ella durante ese día, siendo que lo hacemos siempre. Nos separamos la semana pasada.” He plays by intuition, the digit counters fall . That deaf, dumb and blind kid sure plays a mean pinball. -Pinball Wizard. The Who La impresión primera es estar dentro de una bola de flipper. La segunda, también. Estoy sentado en una barra de plástico, amplia y amarilla, dentro de una enorme bola de flipper. Veo desde adentro (donde estoy) hacia fuera. La bola gira. Yo, el banco, no. Veo también, de alguna manera, desde arriba-afuera a la bola. Es absolutamente plateada. Brilla y refleja de maneta total. Luces, rampas, la incesante sucesión de rebotes y golpes de los flippers. El tablero es infinito. O eso quiere parecer. Es algo confuso pero también no lo es en absoluto. Si, exactamente como acabo de escribirlo. En este momento no recuerdo ninguno, pero lo que sí tengo aún en la memoria es la forma en la que me ignoraban, incluso cuando quería participar de las conversaciones que tenían. Y lo mucho que eso me frustraba y enojaba.
Ríen y gesticulan ampulosamente. No se codean porque estoy yo en el medio, supongo.
Trato de elevar la voz, pero no consigo siquiera que me miren. La bola recorre corredores angostos, de paredes altas y engomadas, la golpea un flipper y a una velocidad asombrosa recorre el iluminado centro de la mesa, que parece el paraíso de la psicodelia.
Mis compañeros siguen ignorándome a los gritos. Miro la bola con angustia, buscando la forma de salir. De alguna manera sé que no existe la forma de salir. De alguna manera sé que este viaje es eterno. Despierto.
You've said the air was singing,
it's calling you, you don't believe these things you've never seen, never heard, never dreamed. You said the air was singing,
it's calling you, you don't believe these things you've never seen. Once you had a dream
of oceans, and sunken cities. Memories of things you've never known.
Gracias.
November, 2007 Milton LINo person has the right to rain on your dreams.
-Marian Wright Edelman Este es un vómito que tengo atragantado desde hace un par de semanas. Es mucho, mucho texto. Y corté todo lo que pude. Es un exorcismo, no hace falta que se le preste atención.
Sepan disculparme. El sueño en sí mismo no reviste mayor interés. Merece cierta mención la cuestión estética del mismo. Visualmente es como un dibujo a lápiz. Mucho blanco de fondo y ágiles líneas en negro que dibujan a las cuatro personas y a los pocos objetos. De fondo hay un ruido (¿sonido?) que es una rara pero confortable amalgama de mar nocturno y radio fuera de sintonía. Cuatro personas, un metegol y tres paquetes de cigarrillos comprenden todo el mapeado físico de los escasos cinco minutos-sueño (no confundir con el minuto-vigilia) en los que se desarrolla la excursión onírica de esa noche. Limitado ,si, a estar en la defensa, que es donde marco la diferencia, pero muy competente en esa posición (que a mi entender es la crítica) de todas maneras. Incluso a veces brillante. Estoy jugando al metegol con tres personas que conozco, sonrisa de Cheshire enmarcando un Lucky que se consume con parsimonia y vago humo.
El metegol es el mismo que me conoció durante mis diecisiete y dieciocho, esperándome como una Penélope de fierro y cuatro patas cada día hábil luego de salir del secundario. Un metegol noble, sólido, amante de la pisada y la pavota, censor del molinete y el gol del medio. Un metegol de dos defensores, para el hábil jugador de abajo, no como esos metegoles de apocados, con tres defensores, chiquitos y enclenques. A mi derecha está La-Que-Ya-No-Está (la relación entre mi Director de Sueños y La-Que-Ya-No-Está es como la que tiene Tim Burton con Johnny Depp, siempre le encuentra un lugar); frente a mí un amigo que, erróneamente como suelo proceder, dejé de ver por volverme un boludo ocupado e ingrato. Igual él no se fija en eso y sonríe cuando la tiene pisada en el delantero del medio y nos miramos sonrisa (delantera) contra sonrisa (defensora) cuando le toca definir y quiere cancherearme una definición ciega. La-Que-Ya-No-Está aprovecha este duelo para prenderse un Marlboro y acomodarse la musculosa.
La definición es defectuosa pero de todas maneras peligrosa. Demora una nada de tiempo más de lo conveniente y eso hace que la bola vaya muy hacia la derecha de mi arquero. Empujo el palo todo hacia delante y con el defensor derecho un toque inclinado hacia atrás mato la bocha y la llevo a la seguridad del fondo de la cancha para preparar el tiro desde abajo. La hago correr pegada a la pared trasera para pisarla con el defensor izquierdo (siempre pateé más fuerte con el izquierdo, mientras que el derecho es el sorpresivo que patea cuando parece que voy a moverla) ya que quiero sacudir un toque las cosas. Miro a mi delantera que, como marca el libro, levanta lo mínimo indispensable medio y delanteros, doy una pitada larga y dulce al pucho que se está quemando como el culo y busco la mirada del defensor contrario. Es una cara que conozco. Femenina, clara, franca, alegre, con unas cicatrices que le tatúan toda la frente y la parte derecha de la cara. En un lugar muy cercano, hace ya un tiempo considerable (recién estrenaban en TV Charlie’s Angels, Hitchcock dejaba un mundo más pobre al irse y un tal Miyamoto programaba el videogame de un mono que luego nos daría al personaje más conocido de la historia de los juegos), había una nena. Era de un rubio rebelde, ganoso de hacerse pasar por paja o zanahorias jóvenes, según se le antojara. Tenía una sonrisa chiquita de dientes conejunos que se destacaba en una carita ovalada y desbordada de pecas. Gritaba (eso dicen) con unos pulmones envidiables y lloraba con énfasis. Tenía los ojos de un azul tan intenso que orillaba el negro. Del color que rodea a la luna en las noches donde las cosas buenas suceden con más frecuencia. Se llamaba Melisa y era un buen nombre. Se lo había puesto su papá y, junto con un par de Polaroids que se habían mojado con café con leche y la incómoda sensación de los recuerdos cuando están muriendo desangrados, era lo único que le quedaba de él. Un día como cualquier otro agarró el Taunus rojo y dejó de ser. Mamá empezó a trabajar casi todo el día y a fumar y a cansarse cada vez más rápido. Del esfuerzo y de Melisa. Compartían una casita linda e incómoda que vendieron para mudarse a una casita menos linda e igual de incómoda. Todas estas cosas las supe cuando comprendimos juntos, entre tragos y pitadas, que las infancias similares que tuvimos aunque sonaran tristes estaban plagadas de múltiples rasgos en oro y plata que no todos los demás tenían para apreciar o entender. Que disfrutamos de la magia de hacernos solos cuando chicos y de lo fuerte que eso te hace.
Melisa meditaba su diaria soledad a todo llanto en la casa desierta a veces y a veces con la ausente presencia de alguna rebuscada tía o de su abuela (que tenía pelos en la cara y olía a ropa mojada) y su mamá lloraba su diaria soledad muy, muy en silencio y muy, muy dentro en las noches en la cocina de azulejos cremitas con guarda bordó.
Una noche como casi cualquier otra mamá se quedó dormida apoyando la cansada cabeza en la mesita de fórmica de la cocina (llegaba a casa a las diez y media cuatro de los seis días que trabajaba) y la olla de los fideos empezó a bailar el impaciente baile del hervor. Melisa, sabiendo el ritual culinario de memoria, de tanto ver a mamá hacer fideos, sacó el colador de debajo del mueble de la pileta, se subió a una sillita y lo acomodó con pericia en la bacha de acero inoxidable. Luego, con manitos del tamaño de un Jorgelín triple, se dispuso a maniobrar con la olla llena de cintas de espinaca. Mamá se despertó con un moco en el antebrazo y un miedo instintivo y horrible (ese que te hace que la saliva tenga sabor a clavos oxidados) cuando sintió y escuchó como la cocina se inundaba de agua hirviendo, cintas de espinaca y los espantados gritos de su nena pecosa. Melisa era grito y carne roja. Los ojos gigantes y llenos de lágrimas y las manitos sacudiéndose espasmódicamente. Para no ser el noticiero de Canal 9 voy a decir que Melisa salvó esos enormes estanques azul oscuro de milagro, que el pelo le creció con fuerza otra vez y que un par de operaciones (no eran esos tiempos cirugías estéticas descartables como los de hoy) le dibujaron sobre la mano derecha y el rostro el libro que todos los chicos y chicas leyeron con perversa curiosidad durante su torturada primaria y su asombrada secundaria. Ese día, es obvio, cambió su vida. Melisa ya no lloraba, ya no se quejaba. Melisa jugaba y crecía. En lugar de huir y esconderse ponía le jeta en todos lados y hablaba más que nuca y con todo el mundo. Lloraba, claro, cuando se quedaba sola, ya que no era tonta. Evaluaba a la gente y a ella. Sabía. Pero igual iba para adelante. La primaria terminó y ella se fue modelando como adolescente y estudiaba en el Emilio Mitre, de San Martín.
Allí adentro la conocí. Yo no iba al Mitre, pero conocía a varios flacos de ahí y jugaba a la pelota e iba a ver a Todos Tus Muertos con ellos.
Siempre fui bueno para lastimar con la boca. Y en ciertas crueles ocasiones, muy bueno. No es algo que me produzca orgullo. A veces ni siquiera sé cuando soy un agresor. No es un mecanismo de defensa ni ninguna otra boludez de esas que se inventan para justificar estas cosas. Soy un imbécil, plano y llano. Melisa tenía unas gambas y un culo celestiales. Cincelados a mano por un talentosísimo Pigmalión que entendía mucho de ojetes femeninos. Cuando me la presentaron ese fue un rasgo en el que reparé, naturalmente. Yo tenía dieciocho años y testosterona para exportar a todo el Mercosur. Y cuando se hubo ido ese día le comenté a Nico, que fue quien nos metió el uno en la vida del otro: “Que pavito que tiene Niki Lauda, ¿no?”. Un imbécil, sí señor, no hace falta que nadie agregue nada. Y no aprendí casi nada desde ese momento hasta hoy. Tampoco me bajó mucho la testosterona. Y, para mejorar más mi performance de ese día, desde ese momento en adelante, Melisa pasó a ser Niki. Genial.
Fernando Urralburu, sorete profesional, mucho gusto.
A pesar de todo (ella sabía que yo era el doctorado en Ingenio Cruel que la había rebautizado) Melisa me hizo parte de sus cosas, que fueron las Cosas-de-Todos en ese grupo y ese tiempo. Y no sólo eso: me hizo notar, con nobleza, que era una piba fantástica. Gamba en el frío y en el dolor, fuerte para la bebida blanca y elástica para el pogo. Gran conversadora, muy mala cocinera y sospechosamente masculina al escupir y jugar al metegol con asombrosa habilidad. Y no sólo eso: me quiso, mucho y sin saber, como se quiere a los dieciséis. Hablamos mucho, compartimos nuestras cosas, siempre supe que ella me quería.
Yo sabía eso, porque ella me lo dijo, así como sabía de su dolor al no ser querida en el plano físico. Sabía de las frustraciones, de los llantos, de las vergüenzas. Melisa era frontal.
Yo no. Soy un cagón. Siempre esquivé, sabiendo que ella sabía, que ambos sabíamos, cualquier tipo de opinión en ese aspecto. A pesar esto nos compartimos con placer. La vida siempre fue más que generosa al repartirme las cartas de los amigos y los amores. Y a pesar de las manos que tuve siempre me las ingenié para jugar como el culo.
Yo sabía, como lo sé ahora, de la misma forma clarísima en la que lo sé ahora, que ella era una mujer hermosa. No voy a lo cursi de la belleza interior y esa mierda.
No, era hermosa por aguante, por fuerza, por recitar de memoria a Emerson, porque se reía hasta quedarse sin aire, porque tenía unos ojos increíbles, un vientre plano y un culito digno de una gráfica de Reef.
Tenía, también, algo que no hay que tener en la adolescencia: una diferencia. La quemadura estaba tan presente entre todos nosotros que incluso recuerdo haberle tomado la mano en dos ocasiones y que ambos nos sorprendiéramos.
Una de las últimas noches que compartimos fue una fiesta en el mismo Emilio Mitre. Un baile por no recuerdo que motivo. Una barra improvisada, algo de música y gente saliendo para fumar y entrando para tomar. Yo no había tomado nada esa noche. Le había dado una pitada mínima a alguna cosa en las hamacas de la plaza de al lado y había entrado para despedirme e irme a casa.
Cuando me estaba yendo la vi de espaldas, en el pasillo a medio iluminar, viendo a través de un gran ventanal el patio entero. Me acerqué sin dejar de mirarle el traste y a unos dos metros le dije en voz alta que me iba a casa, porque estaba cansado.
Ella se dio vuelta y me abrazó. Creí en ese momento que había estado llorando. Hoy no pienso eso. Me abrazó fuerte y femenino, como a uno le gusta ser abrazado. La cabeza contra el pecho y la ingle con la ingle. La abracé y sentí calor, vértigo y miedo. Ella levantó la cabeza y me miró. Creo que dijo mi nombre, pero no lo sè con certeza. Por unos instantes todo el aire se perfumó con el dulce olor a Beldent de menta y sexo que sólo existe a esa edad (bueno, tal vez el estándar haya cambiado de ese día a hoy), ella dieciséis, dieciocho yo. La abracé lento y le acaricié con mi habitual torpeza romántica la espalda y el nacimiento de la nuca. Sentí los pechos tímidos contra mis costillas. Sentí calor y vértigo y miedo. Deseo. La quise.
Pensé en los chicos del grupo, en la quemadura, en mí y en una pibita que me gustaba en ese momento y nunca tuve. Pensé en el que dirán.
Le di un beso en la frente, sentí el relieve rugoso de la quemadura de tanto tiempo atrás, le sonreí con mi mejor Sonrisa Hipócrita (R) y le dije que me iba a casa, que lo pasara lindo.
Volví caminando, no más de veinticinco cuadras. Y me odié todo el camino. Me odio ahora. Esa noche, igual, dormí como un bebé. Me vi con el grupo del Mitre asiduamente durante unos dos meses más y luego la vida nos separó. Con ella no volví a hablar de esa noche nunca. Dejamos de llamarnos por teléfono para ver como andábamos alrededor de un año después.
Vuelvo al sueño. Es una cara que conozco. Femenina, clara, franca, alegre, con unas cicatrices que tatúan toda la frente y la parte derecha de la cara. Melisa me guiña el ojo y me tira un beso. Doy otra pitada larga, balanceo largo el palo y le doy con alma y vida a la bocha. Este sueño lo tuve la noche anterior a ir al traumatólogo en el centro de San Martín, una mañana diáfana y plena de sol. Para aprovecharla decidí volver a casa caminando y visitar la plaza. Decidí caminarle alrededor, hacía mil que no andaba por Plaza San Martín.
Saqué fotos, compré garrapiñadas y me fui para donde están los juegos.
Me senté con el culo en la arena a comer la garrapiñada y no pude dejar de observar a una flaca que hamacaba a una nenita muy linda, con unos rulos inmensos y naranjas y la cara asaltada por pecas. Una mujer delgada y elegante, con unas piernas que se recortaban deliciosas contra el sol. Me colgué mirándola hasta que me di cuenta de que ella también me miraba. Pensé en que había cometido el más básico de todos los errores tácticos de la observación de mujeres y me paré incómodo cuando se fue acercando.
“¿Semi?” dijo.
*sorpresa mayúscula* Encima yo tenía el sol en contra. “Si…” dije, inconsistentemente. Sonrisa. Ahí tendría que haberla sacado. Tenía esa horrible sensación de saber que no sé algo que sabía. “Soy yo…” Hice un vago ruido que quiso parecer inteligible mientras que ganaba tiempo guardando la garrapiñada y pensando a toda velocidad. Me mira. “Melisa…” Creí que iba a explotarme el cerebro… no recordaba a ninguna Melisa que se acercara a los veinticinco que es lo que le calculaba a Miss Mamá Rubia Zarpada. Le sonreí con mi mejor Sonrisa Hipócrita (R) -pelotudo, mil veces pelotudo- y esperé.
“Niki.” Muchas veces me sentí horrible, quise no estar donde estaba y que el mundo se olvidara de mí y aparecer luego de un tiempo. Esa fue una de ellas. Hablamos no más de cinco minutos, ella está casada, su nena se llama Dana (y es un tornado naranja y rosa) y está viviendo a dos cuadras de la plaza. Su esposo es un colombiano que conoció en la UBA. Está preciosa.
Sólo sabiendo como sé (como recuerdo ahora) en donde estaban sus cicatrices se puede llegar a ver algo del viejo mapeado de la cara de Melisa.
Y está preciosa sin tener en cuenta esto último.
Radiante.
Trato de no preguntarle nada, pero se ve que se me nota y me cuenta que no hace mucho más de un año que se operó, regalo de la familia de su marido. Me muestra la mano y sonríe.
Me siento miserable. En ese momento y ahora.
Intercambiamos dos o tres formalidades más y nos despedimos sin la hipocresía de intercambiar números de celular o recuerdos o formular compromisos que sabemos nunca cumpliremos.
Volví, como me había propuesto, caminando a casa. Me odié todo el camino. Y esa noche no pude dormir como un bebé. Y necesitaba sacarme esto de adentro. October, 2007 Milton LCándido diario de una mañana de domingo.
Son las 11:00. Es un día hermoso. Down. Fall by the wayside no getting out.
El video lo rescaté del olvido, lo tenía en un backup perdido. Hoy es día de elecciones, pienso mientras estoy buscando el documento, y esa es una verdad constante. Rise. Life is in motion. I'm stuck in line. Uno puede pasarse taaaanto tiempo atado a un hueso viejo que ya no tiene carne y quedarse en la sombra de un árbol que hace rato no está más. The names can be changed but the place is still the same. Estoy enamorado de Eddie Vedder. Really. Tengo mi entrada para ir a ver a The Killers One day the symptoms fade. Think I'll throw these pills away. Es un día demasiado bueno, disfrútenlo. And if hope could grow from dirt like me. It can be done. October, 2007 Milton XLIX"I'm sick of following my dreams. I'm just going to ask them where they're going and hook up with them later."
-Mitch Hedberg
La idea (si es que alguna vez la hubo o la hay ahora) nunca fue hacer ningún tipo de análisis. Analizar esta materia inconsistente, este trapecismo mental, esta magia oscura y nebulosa que ejercemos cuando dormimos creo que se resiste a cualquier análisis. Como ocurre con todas las Magias Verdaderas (el amor, la amistad, el arte), los sueños sólo son analizados por aquellos intrépidos pedantes que creen poder medir y nombrar lo inconmensurable y lo inefable. Por eso dejo en manos de esos ilusos y vendedores de tónicos el afirmar fatalmente que el último CD de Xuxa es bueno (o malo), que ama más aquel que regala bombones con relleno de menta o que soñar con el pato Donald implica tener asuntos sexuales inconclusos con la figura materna. De todas maneras esto empieza como disculpa y se debe a que hoy tuve una experiencia curiosa (y doliente y tardía y singular y justa) y me sentiría más cómodo narrativamente (involucra procesos varios y presentes y pretéritos) si le diera la introducción que sigue, ya que me siento medio perdido (veo el Norte narrativo, pero no la forma de llegar hasta ahí) y porque estoy escribiendo esto en pelo, sin red, a veinte minutos de haber llegado del traumatólogo y de sentirme el más estúpido y el peor de los mortales. Tenemos, si nos levantamos categorizantes (estoy al palo con las palabras que no existen), varias formas en las que dividir nuestros sueños con respecto a su relación con nuestras vigilias. No voy a ponerme exhaustivo con este asunto, aunque podría hacerlo. Voy a dar un par de ejemplos de lo que quiero decir para aplicarlo a mi asunto. Podemos no tener ningún tipo de relación entre nuestros sueños y nuestras vigilias. Por ejemplo: soñar que Napoleón va a la verdulería en la que nos hallamos a comprar curitas y los días anteriores y posteriores a ese (y espero que no todos) trabajar una oficina blanca y aséptica informando como ciertas personas desean hablar con otras personas más importantes y no lo consiguen ni conseguirán y tener fuera de allí la vida social de siempre. A eso podemos denominarlo “Sueño libre”, “Freestyle dreaming” o “Cualquiera”. El ejemplo del sueño es real, gracias Fede. Podemos habernos cruzado con un ex-novio (sin bromas mutantes, lo conseguí), B, cambiado por un modelo más nuevo y lujoso hace años, y cruzar tres o cuatro palabras que quisieron pasar por casuales y despreocupadas y esa noche soñar que nuestro cuerpo es Normandía y que B es la ofensiva aliada y tener un agitado (y triunfal) D-Day onírico-sexual. A esa dependencia del sueño con respecto al estímulo diurno podemos llamarlo “Sueño consecuente” o “Sueño estimulado” o “Era obvio”. Otro sueño donado, gracias. La tercera categoría, como todos ya prevén, es aquella en la que el sueño dibuja, con esa desprolijidad de la razón de los sueños, acontecimientos de vigilias posteriores. Ahora, para evitar BOLUDECES: no estoy hablando ni de cerca de precognición, anticipación, videncia, ni ningún otro tipo de fenómeno propio del agente Mulder. No tiene nada que ver con Destino Final ni con los sueños de la mujer de Julio César, ni los del bíblico faraón de Moisés. Es simple casualidad o asociación de ideas posterior o algo que tal vez tenga que ver con el déjà vu o cosas que incluso uno mismo se arma para fomentar cierto ambiente de prodigio y misterio y “veo gente muerta” en una realidad que de otra manera sería gris, chata y tan físicamente táctil y visual que descorazona. Un ejemplo propio y sencillo de hace unas semanas: soñé que estaba en un muelle con las patas metidas en el agua y pescaba con unos brazos largos como postes (como los del protagonista de One Piece) peces negros y blancos y que había varios (muchos) conejos blancos yendo y viniendo por la desprolija madera del muelle. Al otro día, caminando desde la estación de San Martín hacia casa pasé por una veterinaria y me picó la pancita de vértigo cuando vi muchos, muchos conejos blancos caminarse unos por encima de los otros, con esa gracia conejil tan hipercute que tienen, dentro de una jaula enorme y un par de peceras ciclópeas con peces muy grandes y muy feos blancos y negros. Es lamentablemente obvio que en este tipo de cosas interviene harto más frecuentemente la casualidad que el milagro. Lo mundano del sueño: es muchísimo más sencillo (más común) soñar que uno hizo un triple y a los dos días ir a tirar al aro con amigos que soñar que uno somete a su rigor a toda la tierra conocida para luego despertarse abrazado a un musculoso soldado amigo siendo Alejandro de Macedonia. Podemos, ya que nada nos cuesta, llamar a las experiencias de este tipo “Sueño de anticipación”, “Colas (en el sentido cinematográfico de la palabra) del futuro” o “Mirá vos, que loco”. Todo este asunto se desenrolla a partir de este tipo de sueño y me parecía correcto comentarlo porque, a diferencia de otras, esta es más una historia de exorcismos que de sueños. Pero, si, se puede empezar con la excusa de un sueño. Tengo que salir, sigo en un rato.
Subo un par de fotos (hay un LARGO par, lo voy a dividir), también, este fue un finde megahiperultraarchisabroso. Por lo menos para mí. Les deseo, retroactivamente, lo mismo.
Semilla. October, 2007 Milton XLVIIILuego de una breve pero intensiva incursión al almacén de los peruanos (a tres cuadras de casa) en busca de snacks y embutidos varios y nocivos volvemos al claro y fresco ámbito del patio de casa.
Ella abunda en paquetes de cigarrillos, salamines, quesos, maníes, vino tinto y sonrisa. Yo extraño un billete de cien pesos.
El día se partió al medio hace un ratito nomás y tanto las nubes como el frío remitieron ante el tímido pero pujante sol de agosto. Agosto supo (sabe) ser el mejor y el peor de todos mis meses. Como febrero, como abril. Me voy a la PC a poner música. Milton emprende la ardua (la improbable) empresa de abrir un Álamos Malbec midiendo 20 centímetros.
Creo haber hecho una buena selección, teniendo en cuenta lo que asumo que se nos viene. La música (la literatura, también), si está bien elegida, hace que ciertas cosas íntimas discurran con una limpieza, una pureza de formas, con la que no lo harían en su ausencia. Como un catalizador del alma. Siempre creí ser bueno para elegir los elementos que ejerzan esa alquimia. Se escucha un celestial *¡pop!* cuando el corcho abandona la tubular prisión vítrea del pico de la botella y como si hubiera sido una señal de largada el viejo Otis Redding empieza a contar con parsimonia y delicadeza la historia que hoy es de Milton, que en algún momento es de cada uno. Sittin' in the mornin' sun
I'll be sittin' when the evenin' come. Watching the ships roll in and then I watch 'em roll away again, yeah. Cuando dejo el escritorio el patio ya tiene la mesita armada y tanto la comida como la bebida están dispuestas con una precisión táctica propia de un genio militar.
Milton, masticando distraída una aceituna y sosteniendo una brillante copa de vino canta, y cuando canta I'm sittin' on the dock of the bay
watching the tide roll away. Ooohh, I'm just sittin' on the dock of the bay wastin' time... I left my home in Georgia,
headed for the 'Frisco bay. 'Cause I've had nothing to live for and look like nothin's gonna come my way. se parece tanto al irresistiblemente encantador demonio azul eléctrico que solía tenerme en jaque intelectual y a la mañosa furia toda dientes y púas que me pintaba la cara en el Winning que me extraño con un dolor casi físico de esta mañana, de esta Milton. De todo este tiempo en el que tantas cosas dejaron de ser para ser otras cosas.
Luego, mientras recibo con un agradecido movimiento de cabeza la copa de vino que me corresponde y empiezo a comer un dado de queso de rallar envuelto en pan, pienso que lo que me extraña, en realidad, soy yo. Este ahora, esta desprolija pila de sensaciones, vertiginosa y ajena, que es mi presente.
La forma en la que vivo otras cosas, de otras personas y lo lejano que estoy de mí.
Escucho: Look like nothing's gonna change,
everything still remains the same. I can't do what ten people tell me to do so I guess I'll remain the same, yes. -Backfire –digo, y sonrío, avergonzado, porque es verdad.
Ella levanta los brillantes granos de pimienta que tiene por ojos y se encoge de hombros. Escupe un carozo Sittin' here resting my bones
and this loneliness won't leave me alone. It's two thousand miles I roamed just to make this dock my home. de aceituna y me dice, con una voz tan plana que me da frío en los brazos y el cuello:
-El sutil, te dicen. -No pretendo hacerme el simbólico, sabemos de lo que estamos hablando.
-Sí y no. Como siempre. Vos sos el que patentó el no terminar de decir nada. Claro que es soledad. Pero, vamos, también es obvio que soy yo, la autosuficiencia encarnada. Algo pasa, macho. -Dejemos los análisis a los idiotas, ¿te parece? – Ofrezco con una sonrisa tan sincera (y tan llena de queso de rallar) que le arranca una carcajada. -Sí, dale. ¿Sigo? -Be my guest. Milton está desde hace quince días en Bolivia. Yo no pregunté nada, simplemente pedí una camiseta de Oriente Petrolero.
No sé cuando regresará.
La escasa comunicación que tenemos me hacer saber que está pasándolo de la hostia.
Incluso nos extrañamos, cosa que es una mejoría ostensible.
Me di cuenta, pasando este borrador, que no puedo seguir con este relato porque hay un par de cosas que no entiendo (ni recuerdo con precisión) de lo que sigue del sueño. No sé si las copié mal o realmente son así, pero no quiero correr el riesgo de la mentira. Voy a seguir cuando pueda recurrir otra vez a la fuente. De todas maneras en breve mi tiempo vuelve, también, de sus vacaciones y voy a ponerme al día con tanto sueño huérfano. Tengo tantas anotaciones llenas de garabatos y dibujos en los márgenes que voy a empezar a escanearlas o aprender a resumir.
Avancé en este relato en para no dejarlo colgado tanto tiempo.
Hay mucho material acumulándose.
Had I the heavens’ embroidered cloths,
Enwrought with golden and silver light, The blue and the dim and the dark cloths Of night and light and the half light, I would spread the cloths under your feet: But I, being poor, have only my dreams; I have spread my dreams under your feet; Tread softly because you tread on my dreams. -W.B. Yeats September, 2007 Milton XLVIISweet dreams, form a shade Se acaba de ir el tren que va para el otro lado. Las ratas desaparecieron antes. Sweet sleep, with soft down Odio pensar en significados ocultos. No voy a agregar color local ni modismos al hablar (nada de “eh, amigo” o similares) ni en su conversación ni en lo que me relata luego. Sería un error. Sí voy a cometer otro error: el de agregar rasgos circunstanciales y de pasarle barniz a lo que diga, porque no puedo evitarlo. -Bien. Mojado. Sweet smiles, in the night -Andá… ¿Qué es eso? –señala a un Groundbreaker, mi (luego falsa) esperanza contra control. Sweet moans, dovelike sighs, No sé porqué lo hice. -¿Cuándo fue la última vez que soñaste y qué fue lo que soñaste? ¿Te acordás? Sleep, sleep, happy child, Detrás de tanta chapa y ropa colgada, detrás de soltar la incómoda mochila o la vergonzante pila de fotocopias para el tren, pasando la casilla última y los gritos de la vieja está la libertad. Le cuento (trato de contarle) que en Ituzaingó también teníamos una cancha de tierra. Me mira molesto. Tiene razón. Me callo. Lo demás, el corazón, es aire y es tierra. Luego de discutir un poco sobre alturas llegamos a una conclusión. como cinco metros. Luego, despierta. Sweet babe, in thy face ¿Cuántos sueños se sueñan en silencio? Wept for me, for thee, for all, ¿Cuándo fue la última vez que lloraste en un sueño y qué (quién, quienes) fue lo que lloraste? ¿Te acordás? Smiles on thee, on me, on all; A Cradle Song September, 2007 Milton XLVIWhat if you slept? And what if, in your sleep, you dreamed? Sé que está mal. “¿Cuándo fue la última vez que soñaste y qué fue lo que soñaste? ¿Te acordás?” Era una pileta enorme, muy parecida a la del Comunicaciones A la que tenía el Comunicaciones en el ’87, hace una punta de años que sólo paso por la puerta y muy, muy intensamente azul. A lo que si yo supiera escribir me referiría como índigo. Mis ojos, ciento por ciento. y camino sin dejar una sola marca en el piso de venecitas. Siento la firme presión del viento contra el pecho y la forma en la que se me alborota el pelo. La oscura pero sensual manera en la que el viento ruge al arremolinárseme cerca de las orejas y el desinteresado vaivén del pene contra las piernas y los testículos. Es papel. Parece papel. Una hoja canson. No tengo ni la más puta idea de cómo describir un costado en una infinitud blanca, sólo pido que tengan fe en la costadez de este imposible costado están, de alguna manera que tampoco puedo definir, los símbolos (símbolos que también son personas pero dejan de serlo cuando trato de verlas) de la mujer que entiendo amar, del amigo que admiro, de la sonrisa que busco a diario, de la voz que tranquiliza, de las palabras que devoro para aprender. Incorpóreo sonrío con la, naturalmente, incorpórea sonrisa de ser ya nada y estos símbolos, estas personas, estas imágenes, se van hacia dentro de ellas mismas, implosionan con delicada lentitud y sonrisa mientras las numerosas y tenues cintas de fluida tinta azul que huelen a Fizz de uva entre otras cosas se van haciendo dueñas del cielo. Despierto. Ese fue el sueño de la noche inmediata, pero esa no es la historia, es parte de lo que la hizo, ya que tenía el sueño muy metido dentro de la cabeza, mojada y gris como el día. Sigo mañana. O el viernes. And what if, when you awoke, you had the flower in your hand? August, 2007 Milton XLVJenny: Do you ever dream, Forrest, about who you're gonna be?
Forrest: Who I'm gonna be? Jenny: Yeah. Forrest: Aren't… aren't I going to be me? - ¿Sabés a qué se parece? - … - Al camino en el que Forrest Gump pierde la ortopedia de Cibertrón esa que usaba. ¿Te acordás? - “Run, Forrest! Run!” Es parte de la memoria colectiva de varias generaciones. - Bueno, pero está enmarcado por árboles que se cierran alto, abovedando el camino. Pero también no lo está y, de cierta manera, es la parte céntrica de Avenida San Martín, la de Caseros y también es Santa Fe a la altura del Alto Palermo. - es parte del folklore de los sueños. - Esa no es la cuestión. ¿Podés narrarlo competentemente? - No creo, pero son tu necesidad y tu idea. Endure it. - Touché. La cuestión es que no sé si soportará la tercera persona. - Puedo narrarlo desde vos. - ¿Seguro? Rural, limpio, absoluto, el aire de una tarde perfecta me lame las pantorrillas y me inquieta el pelo. Huele a sandía recién cortada. Una radio indefinida e insuficiente (sorda, muy de fondo) ensucia la amistad del silencio con mis pies desnudos.
Sé, no extrañamente, que estoy soñando.
Sé que esas manos finas y oscuras de uñas cortas sin pintar que se agitan adelante son mías aunque conozco mis garras desde siempre. Soy una mujer. Una hembra humana. Me veo desde afuera-arriba. Longuilínea, erguida, elegante, la piel como el caramelo y el pelo enrulado y del color del flan casero. Me veo desnuda, pero sé que no lo estoy. Camino en silencio y sin desviarme ni detenerme: los ojos, negrísimos, hacia el final del camino (que no se adivina), los pechos altos y pequeños, los hombros relajados, las delgadas manos abiertas. Me miro, con una vergüenza que no entiendo y me disgusta, las curvas de los pechos y el vientre y la anarquía capilar del pubis. Sonrío. En la radio, a lo lejos, dicen la hora, la temperatura y la humedad, pero no la escucho o no sé entenderla. El camino es una sinuosa reunión de piedras grandes e irregulares, pulidas y de colores ocres y verdes apagados. Algo que parece ser agua discurre con un gluglú tímido por el costado derecho de este
(Avenida) camino. Ahora que lo pienso levanto la vista y veo un cartel de esquina, aunque carece de tal. Se lee: Algo 1700-9870000 en la chapa que tiene la dirección que llevo y Todo 0-1 en la que la cruza perpendicularmente. La radio, ahora la escucho, advierte con voz monótona los riesgos de contagiarse la tristeza por consumir agua de la canilla y trabajos de cubículo e inmediatamente me quiere vender un viaje a Cualquierlado, porque lejos es mejor asegura con voz profunda y almohadonosa, como de lobo que sonríe con un traje que le queda muy bien, el ausente locutor. “Yo quiero (Digo) Esto.” Pienso. “Quiero estas nalgas peladas y esta quijada débil. Quiero esta lentitud y esta arrogancia.” Miro hacia derecha e izquierda donde debería correr la calle Todo (entre el 0 y el 1) parpadeando y haciéndome visera con la mano derecha. Me doy cuenta de que tengo un anillo de plata en la mano y un vestido verde y liviano. Sigo en patas. Parece que en Todo (entre el 0 y el 1) no hay nada. Sigo caminando, el paisaje es indefinido –veo, todo superpuesto pero identificable, un cine, muchos árboles, una parada del 152, una lencería (NORA se lee en letras demasiado curvas y con un botón que sonríe en la O) y algunos conejos -¿CONEJOS?
-Conejos. Son unos bichitos que tienen fama de tiernos. con la hora (15:41) brillando en los costados- y tranquilizador.
Me toco el cuello. Me miro las muñecas. Me quiero. La radio termina otra tanda indefinida y anuncia I am the Highway. Pearls and swine bereft of me.
Long and weary my road has been. I was lost in the cities, Alone in the hills. No sorrow or pity for leaving I feel. Canto. Me gusta Cornell. Está siempre serio.
I am not your rolling wheels,
I am the highway. I am not your carpet ride, I am the sky. Tengo una voz horrible. Horrible, feísima. Nasal, desafinada. No serviría ni para leer en voz baja.
“Genial” pienso y empiezo a reírme con ganas. Mi risa es peor. Caótica, gallinácea. Me hace reír más aún. Creo que voy a hacerme pis encima. Me siento, me río, me tapo la boca con la mano, me río más y peor. Los conejos me saludan y se van (15:45) caminando hacia atrás y riendo también. Me duele el diafragma, me acuesto riéndome. Me meto la falda del vestido en la boca y muerdo fuerte mientras arqueo la espalda de la risa. Lo estoy pasando bien. Me queda el culo contra la piedra fría. Me excita. Me gusta. Termina todo eso, me acomodo el vestido, pienso en los conejos me río de nuevo, mejor, tranquila. Respiro hondo y me seco las lágrimas de los ojos. Me siento. Veo camiones a lo lejos. Camiones y altas paredes de piedra natural, grises y anaranjadas y agrietadas, el sol está blanco y suave y altísimo y (El anillo) circular. Me miro las manos, me acomodo el pelo y camino, como antes, como siempre. Encuentro otro cartel. Algo 2100-9870000 y Todo A-Z se lee, blanco sobre negro en las chapas. La radio (una locutora demasiado enérgica, con voz de fast food) informa que el Senado rechazó una propuesta para que las amistades se formalicen con un contrato al estilo matrimonial. Luego el mismo lupino locutor de antes ofrece (con un énfasis envidiable) una crema de agujeros para hacer baches en cualquier lado. “Yo quiero (Digo) Esto.” Pienso. “Quiero reírme sola, porque puedo. Quiero que los conejos se vayan cuando yo quiero.” Miro a ambos lados de lo que debería ser Todo (A-Z) y no hay nada. Sigo caminando, escuchando la radio (están pasando algo de Massive Attack, nunca sé como se llaman sus temas) y leyendo los carteles de los costados (KiOsKO MaRCeLitO, WRANGLER, Farmacia y Droguería Vilma, Restaurante Maracaibo), tengo los brazos cruzados sobre el pecho y me acaricio los hombros. No estoy sola. Me sobresalto, pero no giro la cabeza, no dejo de escuchar la radio. Nada. Alguien camina atrás, al lado, dentro, encima… no sé como definirlo. Está ahí. Al mismo paso que yo. También sin mirarme, también escuchando a Massive Attack (sí sabe el nombre de la canción), también contando la cantidad de gustos de la heladería que está a la derecha (FIRENZE). -¿Y ese soy yo?
-Si. No. No sé. Ni idea. -OK, no te pongas nerviosa. -La verdad es que no importa ahora. Después decime. -Dale. -No hay más queso. -¿No? -Ni cebollitas. -Que perra sarnosa. Los sueños se acuerdan de los sueños. -Georges Perros August, 2007 Milton XLIVOuroboros: emblematic serpent of ancient Egypt and Greece represented with its tail in its mouth continually devouring itself and being reborn from itself. A Gnostic and alchemical symbol, Ouroboros expresses the unity of all things, material and spiritual, which never disappear but perpetually change form in an eternal cycle of destruction and re-creation.
-Encyclopaedia Britannica
El gif animado que hay por ahí abajo dice mucho. La elocuencia de lo sencillo es asombrosa.
Ouroboros, si.
Toda la mierda en un cajón, toda la sangre en un cajón, todas las sonrisas en un cajón. Más tarde o más temprano con un número n de sacudidas la mezcla de mierda, sangre y sonrisas del cajón vuelven a su estado primigenio para luego ser la mezcolanza que son ahora. Ad infinitum.
“…in an eternal cycle of destruction and re-creation.” Fah… eso sólo para algunos es más esperanza de la que dan las religiones.
One for sorrow, two for joy
Three for girls and four for boys, Five for silver six for gold and Seven for a secret never to be told. Muchas veces comparé lo que siento desde hace mucho tiempo a esta parte con un lavarropas en marcha. Una eterna rueda de manchas borrosas de colores diversos.
Ese lavarropas también es ouroboros.
Theres a bird that nests inside you
Sleeping underneath your skin. When you open up your wings to speak I wish youd let me in. Ouroboros.
Entonces, ¿Cuál es la diferencia? ¿Qué importa cualquier acción si ya ha sido hecha o si va a repetirse, sea banal o vital?
Creo, ahora, justo, justo ahora, que la serpiente que nace luego de comerse puede no ser la misma.
Una pequeña variación, un delicado juego de espejos.
La cuestión está en ser un poquito mejor serpiente cada vez que toca nacer, para que el ciclo (que, ouroboros, incluye, naturalmente, elementos repetidos) sea también mejor.
Tal vez no haya que mirar con la misma cara de ayer a las viejas nuevas serpientes de hoy.
Tienen (tal vez) un leve matiz distinto. Tienen (tal vez) un brillo distinto.
Como cualquiera de las cosas que se repiten, como los días nacen siempre por el Este, como la sangre siempre se limpia y oxigena, como uno ríe (“La bola en la ingle, Marge.”) y llora (“We'll always have Paris. We didn't have, we, we lost it until you came to Casablanca. We got it back last night.”) por algunas cosas siempre, uno se repite. Se recrea cuando cree crearse. Se come, se traga y luego se escupe.
Algunos nunca salen mejores, incluso es al revés. Otros tratan.
¿Qué tanto ojo hay que tener para poder distinguir a dos serpientes casi iguales?
Milton. August, 2007 Milton XLIIICodi: "So you think we all just have animal dreams. We can't think of anything to dream except our ordinary lives."
Loyd: "Only if you have an ordinary life. If you want sweet dreams, you've got to live a sweet life." Barbara Kingsolver, Animal Dreams Como todos los servicios de inteligencia bien saben, vivo a una cuadra de un cementerio.
Mi abuela, mi tía, un amigo y una ex novia, entre muchos otros desconocidos para mí, sueñan el tranquilo y terroso sueño de los muertos ahí. Es un buen lugar. El sol no encuentra obstáculos para llegar al suelo, no hay mucha gente (casi siempre está plenamente vacío) dando vuelta y aquellos que lo están no están para interactuar con el resto. Es gris, tranquilo, baldío, socialmente aséptico. Cuando recién me había mudado a esta casa solía ir a pasear con Boris (chucho de indefinida raza, blanco y negro, valiente, leal, finado) por las largas y despejadas avenidas de cemento gris. Varias más que una de las últimas mañanas Milton las pasó fuera de casa. Hoy es (en realidad hace casi tres horas que dejó de ser) domingo. No es el mejor día para estirarse hasta el cementerio (día de visitas), pero es el único día en el que puedo. Tengo dos suertes: no hay casi nadie; encuentro a Milton a los cinco minutos de haber entrado. Es alrededor de las diez de la mañana y hace mucho frío. El cielo está del color de las cucharitas de café de un bar de estación de tren y el mundo dentro de la cuadrangular soledad que imponen las paredes del cementerio huele el dulce olor de las hojas pudriéndose sobre la tierra fresca y las flores apagándose. Está echada sobre un banco de hierro que alguna vez supo ser verde inglés. Hay a su derecha un paquete de Parliament, un zippo que yo jamás había visto antes que tuviera y un reproductor de mp3 genérico con los auriculares puestos y cayendo desde el banco hasta el suelo de piedritas de teja roja. Le tiro una bolsa de papel marrón con tres churros que atrapa al vuelo y me siento a su izquierda. Saco de la mochila un pack de seis botellas chicas de Heineken. -¿Te dio un ataque de fiebre romántico-púber? -(Agarra el churro con las dos patitas delanteras y se lo lleva a la boca) Sabés lo que pienso sobre esas estupideces. -Sep. Pero no podés negar que todo esto es como un realce dramático. Sólo te falta Boston, el siglo XIX y un cuervo en aquella rama. -Hacete mear los ojos por un levantador de pesas. -Romántica, insisto. -(Termina el churro, abre una cerveza y saca un pucho. Me mira.)… -(Sonrío)… -(Sonríe, enciende el cigarrillo, sonríe)… -¿Qué estabas escuchando? -Pixies. -¿Doolittle? -Doolittle. -¿Monkey Gone to Heaven? -Silver. In this land of strangers
there are dangers, there are sorrows. I can't see this lady. It is shady. I am leaving tomorrow. Tomorrow. -(Abro una cerveza. Tres perros muy sucios de tamaños heterogéneos y colores imprecisos pasan por adelante de nosotros. Una bolsa de basura semiabierta agarrada con la boca uno, las colas moviéndose de un lado al otro los otros dos.)… -(Deja de mirarme. Sigue primero con la vista y luego con los ojos cerrados el rumbo de los perros.) Estoy sola, ¿sabías? -Sí. -¿Sólo sí? Esperaba más de tu talento para el discurso y el sarcasmo. -El frío me entumece la glándula sarcástica. Además… bueno, sos una puerco espín que habla, vivís a base de café, cerveza, Winning Eleven, puchos y humor ácido, sos azul y te gusta el Spaghetti Western. No hace falta vivir en el 221B de Baker Street para darse cuenta de que sos bastante alien, Superman. Lo que me interesa es saber que te hace venir tan seguido a tu Fortaleza de la Soledad. -No me gusta este lugar, no necesito “realce dramático”, es tan bueno o tan malo como cualquier otro. Eso, estoy sola. Nada más. -No voy a decirte algo tan boludo como “todos estamos solos”, creo que podemos pasar por encima de eso, ¿no? O sea: sos bastante bastante inteligente, sabés que tu condición es permanente desde hace mucho tiempo. No vas a encontrar un par en el MSN o yendo a bailar… no hay muchos Sonics por ahí, Dios, yo también estoy solo, pero sin emb… -Tuve un sueño. -… -… -Me dijiste que no soñabas. -No soñaba. -Bueno, felicitaciones. -Quiero que lo escribas. -¿? -¿No estás escribiendo sobre sueños? -Son… bueno, son algunas cosas que metí en internet porque… -No. No hablo sólo de esa gilada de leones y tigres y dragones. Hablo sobre esa media resma que tenés con anotaciones sobre sueños y demases. -Ah… eso. Pero... -No vas a meterme un sermón. Todo tiene que ver con todo. Por eso te estoy pidiendo esto. Si no, ¿Porqué viniste hasta acá? -Estaba preocupado. -¿En serio? -Ahá. -Heineken actúa de maneras misteriosas. -Todo bien. Decime, entonces. -OK. Tené en cuenta que es un sueño. ¿Sí? Estás vos, también. -Dale. Te sigo. July, 2007 Milton XLIIFairy tales are more than true: not because
they tell us that dragons exist, but because
they tell us that dragons can be beaten.
-G. K. Chesterton
Estoy en cuclillas sobre una piedra muy grande que tiene la forma de la cabeza de una tortuga ninja.
Fascinado, los ojos como platos, devoro la deliciosa coreografía de la lucha mientras acaricio distraídamente a la rata entre los omóplatos.
Ese es el punto G de los roedores, para aquellos que nunca tuvieron ratones en ninguna de sus manifestaciones.
El color general del mundo parece más intenso en cada una de las cosas y todo se ve más pesado, más definido. Mejor hecho.
Se tensan como cuerdas de acero los tendones de las patas traseras del león al afirmarse fuerte en el sequísimo suelo de tierra batida. Hay espuma y muerte en su boca. La locura extrema y la inteligencia serena se combinan en sus ojos. Me hace acordar a De Niro en Cape Fear.
El dragón no vuela ni escupe fuego. Ni falta que le hace. Es una montaña negra e inmensa de fuerza inamovible.
Verlos bailar juntos es como ver al sol peleando contra la nada absoluta. Suena un rugido desgarrador y el león sale volando por sobre la cabeza del dragón. Un borrón naranja que cae, casi, sobre las cuatro patas luego de un vuelo de veintitantos metros. El león gira, renguea y sonríe. Perfecta sangre carmesí le gotea desde la frente hasta el hocico. El dragón gira, entrecierra los ojos y sonríe. Abre y cierra las garras delanteras como un bebé cuando quiere algo. Abre la boca y, con todas sus fuerzas, logra no decir absolutamente nada. Un grito de espinas de hielo me nace en la base del cráneo, me atraviesa el cerebro y trepa hasta el cielo. La rata llora profusamente y vomita algo chiquito y amarillento y el paisaje se desdibuja como si fuera una pintura sobre una bandera que flamea. El león ruge un rugido seco que parte las piedras y agrieta el suelo. Que convierte todo en algo salvaje y peligroso y primitivo. El mundo huele a miedo. Al sabor espeso del miedo a la noche en lugares extraños, huele al sabor crudo del miedo de ese accidente tan temido. Veo, ahora, todo muy claro, el mundo acaba de frenarse. No hay una sola sombra, es todo luz. La escena está bañada en dorado y el aire es de plomo y de arena y de oro y de tiza y de plata. No estoy yo, ni la rata, ni mi celular. Sólo hay león y dragón. Uno frente al otro. Rampantes, plenos. Lo entiendo. “DEMORARLO ES INÚTIL”, me sangran las palabras en el estómago. “Algunas cosas, las que importan, simplemente son”, escucho a Barry White, desde la nada. Lo entiendo. Lo sé. “¡No es una decisión mía!” quiero gritar. Y grito, aunque no esté ahí. Tengo miedo. Sé que eso no sirve. León y dragón siguen en stand-by y siento como odian mi cobardía. “No es una decisión mía.” quiero llorar. Y lloro, aunque no esté ahí. Entiendo a la rata, entiendo todo. Estoy ahí. El viento llega como una mala noticia, lleno de miedo y de polvo
I will show you fear in a handful of dust.
Lo sé, lo sé.
No puedo evitarlo nunca, ni siquiera cuando sueño, parece. Me gusta demasiado. Demasiado. que se me pega en la cara, toda pegajosa de llanto y de mocos.
No iba a escribir esto. Ya es viejo y pensé que había aprendido algo. Y lo hice, pero no pude actuar en consecuencia.
Pero no terminarlo hubiera sido aún peor. Creí que iba a terminar muchas cosas. Por eso esta es la versión reducida y apurada de algo que ya no sé si tiene sentido, ni siquiera como sueño. Ni como ejercicio, como exorcismo, como fantasma, como seguridad de aquello que puedo hacer. El universo se pone en marcha de nuevo.
El dragón arremete con treinta toneladas todas de carne de animal mítico y uñas de obsidiana y seguridad y tranquilidad y arrogancia y soledad infinita y eterna. El león salta con fuerza y es una flecha que sangra y traspira y ruge y que es predador y es implacable y es líder de manada y es hermano y es hijo y es amante y es sacrificio y es libertad. Sí es una decisión mía. O si lo fuera. El dragón llega tarde y abraza el aire dorado y chocolate del desierto con sus enormes patas de caoba y escamas. El león le aterriza con muy poca gracia en la frente y se prende con dientes, con furia y con frenesí de su ojo derecho.
Me agarro el estómago esperando un grito interno que me destroce, pero eso no ocurre. El dragón vuelve a abrazar el aire y la sangre le sale de la cabeza como si a partir de ahora a este sueño lo estuviera dirigiendo Tarantino. El león labura, todo garras y dientes, sobre la cabeza del dragón como si fuera un peluquero especialmente rápido y sádico. Cae el dragón, la tierra se abre y lo recibe. “SUERTE CON EL DOLOR. CON TODO. GRACIAS.” me dice, con tanta dulzura que me afloja los mocos de nuevo, en el bajovientre, antes de que todo el paisaje vuelva a ser un lago dentro de un volcán.
Estoy sentado en el suelo (la campera no la tengo más) al lado del león. La rata está en mi hombro derecho.
El león se está lamiendo las garras, que son grandes como un bizcochuelo de cumpleaños y del mismo color, y, con la garras bien cargadas de saliva, se limpia la frente y el hocico. “¿Sabías que me voy a morir cuando lo hiciste?” Me dice.
Entiendo a pesar de la extraña construcción. Lo veo Veo lo que sé ahora que tengo que ver, porque el sueño me obliga.
tirado en el suelo de roca sobre una enorme mancha negra de sangre espesa y caliente que le sale de la entrepierna. Tiene la pata trasera derecha en una posición imposible. Me duele sólo de mirarlo.
“No lo sabía.” Digo, miento. ¿Miento? ¿Lo sabía? Creo que lo sabía, incluso sin el golpe mortal, pero ahora todo está perdiendo el poco sentido que tenía. Este sueño lo tuve a principios de Junio, hace más de un mes ya.
Algunas cosas pasaron. Otras, más importantes, no pasaron. Antes (en ese preciso instante) no lo sabía. Es terrible saberlo ahora. Antes todo esto era, como lo fue para la gente a la que se lo comenté el mismo día en el que lo soñé, algo anecdótico. Un ejercicio de mis miedos, de mis ganas. Vuelve a hablar, con la sedosa y robusta voz de Barry White: “¿Cómo fue que Él lo dijo? Lo-Que-Desea-Tu-Alma.” Chasquea la lengua, sucios hilos de sangre le asoman por entre los dientes terribles. “Muy propio de Él.”
“¿Algo tan cursi como vos”, digo y me aterro al darme cuenta Un miedo bastante real para ser soñado.
de lo que dije, “diría algo así como ‘el deseo de tu corazón’, no?”
Entrecierra los ojos. La rata baja de mi hombro y se acomoda en su melena. La rata ya no parece una rata, yo no parezco yo, el león no parece el león. Ya no hay lago ni volcán, estamos (esas cosas que ya no somos, esas sombras que sé que somos) en la Plaza San Martín (la de San Martín, no la de Retiro), sentados detrás del monumento al Soldado de Malvinas. La rata está silbando Hope, de R.E.M.. You want to go out Friday
and you want to go forever. You know that it sounds childish that you've dreamt of alligators. You hope that we are with you and you hope you're recognized. “Seguro,” me dice, “algo así. El Deseo de tu Corazón. Yo soy vos, no te niegues eso.”
Sé que me estoy despertando. O eso recuerdo.
Ya no hay mucha imagen… recuerdo la cara del león cerrando los ojos. Una imagen mía (luego, en el bondi, recordé que era de una foto de hace cuatro o cinco años), un tren pasando en algún lado, visto desde arriba, un chicle con envoltorio verde y el dibujo de una de las Chicas Superpoderosas, la voz de Sabri gritándome que tengo cara de tortuga.
Aún escucho a Barry White, aunque las palabras son mías.
¿Dije alguna vez que ODIO mi voz?
"¿Es la decisión correcta? Es la única decisión que puedo hacer teniendo en cuenta la verdad. La Verdad.
¿Importa?" Despierto.
You're looking like an idiot
and you no longer care. And you want to bridge the schism, a built-in mechanism to protect you. And you're looking for salvation and you're looking for deliverance. You're looking like an idiot and you no longer care. You want to climb the ladder, you want to go forever, you want to go out Friday, you want to go forever. No me despedí de la rata, me hubiera gustado hacerlo, a veces me caigo bien.
Me hubiera gustado que terminemos la canción.
Vivimos como soñamos, solos. -Joseph Conrad June, 2007 Milton XLIpor el rostro de Elena y la perseverancia de Ulises,
por el amor, que nos deja ver a los otros como los ve la divinidad, por el firme diamante y el agua suelta Jorge Luis Borges - Otro Poema de los Dones
Gracias por esto, por mandarme el chiste.
Muchas, muchas gracias.
Y es así.
Lo sencillo tiende a ser lo mejor. O lo más bueno.
Una sola palabra sencilla es mejor que todas las oscuras perífrasis. Los sentimientos más básicos son los mejores. El razonamiento sencillo es mejor que la perorata demoledora.
El amor, una sonrisa, el sol.
Las relaciones claras son preferibles a las intrincadas, a las dolientes, a las escondidas, a las intermitentemente unilaterales. Todo lo sencillo.
Todo el viento, todas las sonrisas, todas las mañanas.
Lo mismo pasa en casi todo el arte. Y en la gente y en el sexo y en los juegos.
Estoy desintoxicándome. De muchas cosas y de tanta gente.
Y vengo a buen paso.
Gracias.
Milton
por el fulgor del fuego que ningún ser humano puede mirar sin un asombro antiguo, por la caoba, el cedro y el sándalo, por el pan y la sal, por el misterio de la rosa que prodiga color y que no lo ve June, 2007 Milton XLAntes que nada: todos leímos Así habló Zaratustra. Sé que hay Dragón y León y lucha y blablabla. No sé nada de psicología (la desprecio, además) y me importa poco (no tengo ningún interés en) plagiar oníricamente a Nietzsche. Esto, simplemente, es. O fue, mejor dicho, así, los protagonistas aparecieron. Y se desarrolló de esta manera. Lo demás me chupa un huevo. Para mí es un ejercicio.
Soñar es cuando te vas a la cama por la noche, cerrás los ojos y te volvés loco.
Es ese periodo en el que hacemos lo mismo que un salvapantallas.
-Neil Gaiman Se ve desde muy, muy arriba. Supongo que esa debe ser la cámara-nube.
Porque este es un sueño.
Estoy soñando demasiado. Demasiado seguido, demasiado extraño, demasiado extenso, demasiado simbólico. Demasiado yo. Probé mil cosas para que deje de pasar. Esta es la mil y una. Exorcizarlos al embarrarlos transcribiéndolos, ensuciándolos con la fácil confusión de escrito de fantasía al azar. Parece una pista de Nascar en miniatura. Y luego se va acercando, a buena velocidad, pero no excesiva. Pienso que es la cancha de River por unos segundos. Luego veo lo que es: la parte interior de un volcán, una terraza toda de rocas fundidas y un gran lago cristalino en el medio, en la boca.
Cambia la vista y estoy sentado en una laja grande de roca volcánica. Tengo unos jeans celestes muy, muy, muy gastados, unas zapatillas adidas blancas y azules que dejaron de hacerse cuando yo tenía veinte años, una remera de ese negro gastado por los lavados que debería tener un nombre ya que no es ningún color y una campera de corderoy marrón demasiado corta. Veo con mis ojos (el lago, el borde lejano de los picos de la cima, el absoluto celeste del cielo) y veo desde afuera mío (yo, mi espalda, la forma en la que el viento me agita el pelo y la campera) casi al mismo tiempo. Estos cambios de cámara son manejados oníricamente, por el director de cámaras de mi subconsciente, así que no voy a molestarme en explicarlos a menos que sea necesario. Sepan seguir la narración.
A mis pies hay otra piedra con forma de oreja gigante y plana. Están mis puchos, un encendedor rojo y mi celular. Pienso: “que raro, hace meses que no fumo”. El paquete de cigarrillos deja de tener escrito LUCKY STRIKE y pasa a leerse Meses-Que-No-Fumo: 4. Inmediatamente se transforma en una lagartija muy verde y muy fina y desaparece con una velocidad asombrosa debajo de la roca. Lo mismo decide hacer el encendedor, sólo que la lagartija es roja.
Sonrío. El aire es increíblemente frío e increíblemente limpio. Huele como deberían oler los diamantes, si los diamantes tuvieran olor. Es tan limpio que mirando el pico más lejano de la parte más lejana de la cima del volcán veo a un chino y pienso: “el aire es tan limpio que si ese chino meara seguro que vería el chorrito desde acá.”
Empiezo a silbar Yellow Ledbetter sin dejar de sonreír y le empiezo a tirar piedritas al lago. Se hunden sin hacer (no me extraña porque nunca fui bueno para eso) patito y sin hacer (no me extraña porque esto es un sueño) ondas.
El sol es una enorme y perfecta pelota amarilla justo sobre mi cabeza e inunda todo de una luz tan prolija, tan total, que parece que estuviera dando lecciones de astro rey. Escuché varias veces hablar sobre si soñamos o no en colores, con sonido, si podemos leer en nuestros sueños o no, si soñamos con olores… yo siempre soñé con todo eso, o esa impresión tengo al recordar cuando despierto. O sea, mis sueños incluyen todo el paquete: HBO, Cinecanal, el fútbol y, por descontado, el condicionado. Siempre me despierto al palo. Me trepa por la pierna izquierda una rata grande, flaquísima, gris nube, hermosa. Tiene la cola muy rosada y gruesa como mi dedo índice. Se acomoda sobre mi muslo.
Me dice: “Yo soy vos. Tenés un mensaje.” Miro el celular y empieza a sonar. En lugar de No Rain, que es el ringtone que uso para los SMSs, se escucha The Battle of Evermore con la sempiterna voz setentosa de Robert Plant.
At last the sun is shining, the clouds of blue roll by,
With flames from the dragon of darkness The sunlight blinds his eyes. En donde aparece la foto del remitente hay un ojo gigante, amarillo como un toda la pus del universo concentrada, con una zanja negra que
es pupila y es terror al mismo tiempo.
DRAGÓN dice abajo. Abro el celular. "LAGO" dice el mensaje. Lacónico pienso (es una palabra que siempre la pienso, creo que jamás la dije en voz alta). Cierro el celular y miro el lago. Se empieza a oler a frío, a dos pares de medias y camiseta dentro del pantalón. Y hay gotitas mínimas de agua en el aire. Como si el lago fuera un nebulizador gigante.
“Mierda”, decimos la rata y yo en estéreo.
La perfecta planitud de la superficie del agua se parte como si fuera de hielo y emerge una cosa gigante, grande como el mundo, negra como la nada absoluta y brillante como todas las lágrimas que todos los hombres lloraron durante todo el tiempo.
Es un dragón. Abre las alas y levanta la cabeza mientras se endereza y deja que se le escurra el agua del lago. Es una enormidad toda petróleo y plata: escama negra de brillo cegador. Nunca ví nada más terrorífico en mi vida: es hermoso. Pisa el borde del lago con sus dos patas traseras que son como troncos de ombúes y, bajando la cabeza y mirándome fijo, se acerca hacia donde estoy. A mí me dan mucha impresión (mucho miedito) las cosas que pueden pasarles a mis ojos. En el Health Channel una vez ví una operación en la que a un flaco le estaban sacando astillas de vidrio de los globos oculares. Yo tenía la piel de gallina, los dientes apretadísimos y sabía que no quería ver eso. Pero no podía dejar de hacerlo. Supongo que esa es la fascinación que usan algunas serpientes para cazar.
No puedo dejar de verlo. Enorme, negro, total. Huele a bronce recién lustrado con Brasso y a Eternidad. Huele a algo que sabés que hiciste mal y a la sensación de que nadie puede vencerte. Me habla. No abre la boca. No tiene nada que ver con la idea que tengo de telepatía. Esa cosa hecha de palabras que retumban en el cerebro con alguito de eco y mucho de acostumbramiento hollywoodense. Es una comunicación que me anega el cuerpo, que me llega de todos lados, que hace que toda la piel me tiemble como lo hacen los labios cuando los apoyás en un micrófono que está muy saturado. Un cosquilleo completo, con centro en el vientre y sin bordes, como cuando te lamen las bolas. “YO SOY VOS -me dice, ruge, me atruena- TENÉS QUE HABLARME. ES SOBRE LO-QUE-DESEA-TU-ALMA. DEMORARLO ES INÚTIL.” Miro a la rata. Me mira la rata. Estas dos últimas cosas son simultáneas.
Creo entender. Algo oscuro se agita trémulo el fondo de mi conciencia. No llega a formarse nada, sólo una sensación de… ¿hambre, caza? El dragón levanta la cabeza, sonríe (¿SONRÍE?) y remite. No desaparece, remite. Está ahí,
(es gigante, no sé si se los dije antes)
pero no está ahí. No sé como definirlo mejor. Da un paso atrás en la realidad.
“EL TELÉFONO" me susurra en el vientre antes de replegarse entre las capas del mundo. Suena el teléfono. El dragón ya está empezando a parecerme irreal. En lugar de No Rain o de The Battle of Evermore, que son los ringtones que uso para los SMSs normales o los de dragones negros, se escucha Patriot con la, también, setentosa voz de Steve Van Zandt.
I was talking with my sister
She looked so fine. I said baby what's on your mind. She said I want to run like the lion Released from the cages Released from the rages Burning in my heart tonight. La imagen del remitente es una corona. La imagen ideal de una corona para quienes no vimos ninguna corona real (en ambos sentidos): dorada, metálica, cuatro majestuosas puntas señalando circularmente hacia el cielo.
LEÓN dice abajo. Lo dejo sonar un poco, hace mil que no escucho esa canción. Lo abro. SELVA, dice el mensaje. ¿Selva? Pienso. Cierro el celular y, como es lógico en la ilógica geografía de los sueños, miro hacia la selva (recién advertida, recién formada) que se esfuerza en una confusión de verde y de ramas y de lianas y de humedad a mi derecha, contra la afilada pared de roca del volcán. El aire de pronto se vuelve cálido y aterciopelado y se siente, de forma no desagradable, como una amalgama de sudor y pasto y de tierra y de sol y hambre y del sabor metálico de la sangre.
Miro a la rata. Me mira la rata.
Luego, surge.
Es todo músculos. Fuertes correas que llevan y traen kilos y kilos de músculo se prenden y apagan, suben y bajan bajo su cuero en cada uno de sus movimientos. Es un león. Es lo que hubiera hecho Pininfarina si Dios se hubiera tirado a chanta en el diseño del rey de la selva y los felinos. Tiene una melena desproporcionada, regia, del color de una cancha de tenis mojada. Si hubiera habido un incendio forestal en el Edén, seguro se hubiera visto como esa melena. Tiene el cuerpo del color de la infinita arena del infatigable desierto y la misma variedad de tonos de amarillo y ocre y naranja que las hojas de la plaza Devoto en otoño le bailan desordenadas por los pliegues de la piel cuando se mueve. Si pudiera pronunciar la palabra majestuoso como lo hace un locutor de National Geographic lo haría, para que me ayudara a definirlo.
El león ES y, además, se siente, porque él está ahí, un cierto cambio en el centro de gravedad de todas las cosas.
Tiene los ojos dorados y espesos como la miel fresca. Esos ojos de inteligencia intimidante rigen una cabeza imponente, alzada y (obvio) felina que gobierna un cuerpo de una plasticidad y fuerza perfectas. Se mueve con la gracia y la parsimonia de la odalisca más peligrosamente mortal de la creación hasta donde estoy yo y me mira y cuando lo hace comprendo como deben sentirse los juzgados por la divinidad, sea cual fuere en la que creyeren. Como siempre que tengo miedo o estoy irrecuperablemente triste quiero escapar por el humor. “No me digas nada, -ensayo una sonrisa y fracaso, opto por no sonreír y veo que sonrío en serio- vos sos yo, estamos en Narnia y ahora me vas a ronronear un montón de filosóficas verdades en la panza.”
La rata sonríe, nerviosa, desde mis piernas. Tiene el mismo miedo que yo. El león abre la boca, tiene las encías del color de las ciruelas maduras y la lengua (que es grande como mi cara) es tan encarnadamente roja que parece hecha de un solo rubí. “Después” me dice, porque habla, con una suavidad saturada de desprecio. Mira a través de mí y tuerce la cabeza en un gesto que si no tuviera terror en estado sólido me arrancaría un suspiro de ternura. Le brillan los ojos y se le iluminan los bigotes. Me doy vuelta y el dragón vuelve a ingresar en el mundo moviendo toda su gigantesca y escamosa negrura de toneladas con la misma facilidad con la que una gimnasta rumana de trece años se agacha atarse los cordones. Hace un pequeño movimiento con la cabeza (como si dijera que sí) y salta hacia el lago. El león hace lo mismo. Ya no hay lago, hay un enorme desierto de tierra seca y piedras desperdigadas y malezas que ni siquiera merecen un nombre en botánica.
Y el aire está plagado de sonidos de respiraciones de bestias y gruñidos de entidades poderosas y se sacude y se expande y se contrae y se calienta y crece como si un dragón negro y grande como la noche más larga y el león más brillante y fuerte de la historia estuvieran midiéndose y probándose y atacándose y esquivándose en una lucha ciclópea. Que es justo lo que está ocurriendo. La rata me mira, hay miedo y ansiedad y excitación en sus ojos de tintero. Miro a la rata, hay miedo y ansiedad y excitación en mi mirada.
Ahora que pasó lo más sorpresivo caigo en la cuenta de un hecho que es fantástico, incluso para un sueño: la voz del león es igual a la voz de Barry White. Can't get enough of your love, babe.
Ya es muy tarde, y esta semana la estoy laburando entera, son muchas horas, sigo la semana que viene.
No resta mucho. Semilla June, 2007 Milton 39Y cuando despierto mis sueños son locura, maldición.
-Browning Kisa sueña el sueño sensual y atento de los gatos.
Como todos sabemos los gatos, cuando sueñan, sueñan con tigres. Hay sol y rige el cielo.
El calor es bochornoso. La humedad es mucha. El clima es perfecto. Lame (sólo por lamer, sus sentidos -su atención-, están en otro lado) el agua cenagosa y tibia de la orilla del río. Antes de que se rompa en decenas de facetas circulares puede ver brevemente su terrible rostro de tigre: grande, suave, naranja, predador. Como el de sus padres y los padres de sus padres y los padres de ellos. Miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco se juntan en ese rostro. Entra con displicencia y gracia en el agua. Disfruta, con esa forma sensual y atenta de los gatos, de la sensación (si volara la sabría como la que sienten los pájaros al volar) del agua contra el pecho: la resistencia mínima de aquello que luego envuelve. Nada. Elegante, como nadan los tigres. Huele. La selva siempre huele a oscuridad, a sexo y a tierra; a vida y a muerte y a celo y a grito. También, cuando se dedica a oler, como ahora, huele a miedo y a caza. Tiene apenas por encima del nivel del agua los implacables ojos de ámbar abiertos y expectantes. A cinco metros (ya son cuatro) un jabalí se limpia la piel en el barro seco de la orilla. Es una buena pieza: pequeña, carnosa, de cuello grueso. Está demasiado feliz mezclándose con el barro y el sol y el día perfecto como para poder oler, él también, su miedo y la caza. Como para escuchar a la infinita muerte naranja con dientes. Ocurre. Es un borrón de tigre y de sol y de agua y de cerdo. Naranja y rojo y verde y marrón. Afortunadamente para todos la muerte en la selva es rápida y sencilla. Un par de patadas al cielo, un gemido ahogado que se escapa por un hocico pequeño que escupe sangre roja y brusca y brillante. Kisa aprisiona el cuerpo mientras va perdiendo el calor bajo las poderosas garras blancas y negras. Mantiene la boca aún cerrándose, perfecta, sobre el cuello nudoso y manchado del jabalí. Aún minutos después de que el jabalí dejara de presentar resistencia no tiene apuro en abrir las mandíbulas. Puede seguir el protocolo. Puede dejar que la adrenalina se vaya sola. Que la sangre acaricie, como un amante generoso, sus encías rosa profundo. El camino de vuelta al cubil es tranquilo. Pleno de verde y olores familiares. El jabalí abunda en carne más no pesa mucho. Huele, siente, sabe, como todas las madres, la presencia de sus cachorros. Salen, con majestuosa torpeza, sucios y del todo tigres, a recibirla desde detrás de los juncos. Son tres, huelen a saliva y a pis y a agua estancada y a amor y a mañanas pasadas. Kisa gira mientras sueña y se acomoda. Y gime (muy bajito) ese gemido sensual y atento de los gatos.
Deja la comida en el suelo y procede a deshacerla con oficiosa prolijidad. A separar toda la carne de los huesos. A ofrecer los cálidos y jugosos órganos internos antes que otra cosa a la hambrienta turba que se pisa y se muerde para llegar primero. Con estudiado aburrimiento los corre con fuerza y amor de un zarpazo varios metros hacia atrás. Los cachorros (dos nenas, un machito, el cuarto murió en el parto) pestañean con perplejidad ante el doloroso cariño materno y vuelven a la carga todo dientes y entusiasmo.
Kisa se echa a un costado, satisfecha, a limpiarse las garras y el pecho. Mira con orgullo como sus hijos hipan y comen atolondrados y extasiados la carne caliente y jugosa del cerdo. Mira, con ese sensual y atento amor de las gatas madres, sus terribles rostros de tigre: pequeños, suaves, naranjas, predadores. Como el ella y el de sus padres y los padres de ellos. Y como las miles de anaranjadas generaciones rayadas en negro y blanco que engendrarán esos rostros. Kisa despierta, se estira (ya imaginan como) y va a buscar su alimento balanceado (pollo y verdura, para gatos más bellos y para un pelo más brilloso) a la cocina. Después hace pis en su cajita con piedras y pide que le abran la puerta para ir un rato al techo de la fábrica de al lado a buscar un par de cucarachas para despuntar un poco el instinto.
A Kisa la castré a los cinco meses.
Kisa, cuando sueña, como todos deberíamos aprender, sueña con tigres. April, 2007 Milton 38Sé que las cosas no llegan a tiempo
Y que el destino parece algo extraño. Sé que tu voz endurece a mis ojos Y tu corazón guarda oscuros retratos. Ya sé que estás maldiciendo las horas.
Y sé que hay sueños que nunca llegaron. Y cuando estés escondida en tus sombras Pensá en los días que siempre soñamos. -Cuentos Borgeanos - Mírame
GRATIFICARÉ
Generosamente a cualquiera que pueda hacer que las últimas dos semanas no hayan ocurrido nunca.
Dios (si desea manifestarse) incluído. Milton.
The tragedy of it is that nobody sees the look of desperation on my face. Thousands and thousands of us, and we're passing one another without a look of recognition.
-Henry Miller
¿Cuánto tiempo es el tiempo?
¿Cuánto tiempo es para siempre? ¿Cuál es la duración del infierno, qué fecha de vencimiento tiene el cielo? De nuevo Aquiles irá a Troya; renacerán las ceremonias y religiones; la historia humana se repite; nada hay ahora que no fue; lo que ha sido, será.
Cansada, cansada, cansada, cansada.
Infinita, irremisiblemente. Cansada de la comodidad, de la unánime cobardía, de la falaz alegría vacía, de las caras y de la tele, del hablar para ignorar el silencio, del puto pasado, del vértigo de la regurgitación de toda esa mierda, sin pausa, sin prisa: más caras, más cobardía, más palabra sobre palabra sobre palabra sobre palabra sobre un par de imágenes muertas y un montón de tiempo ya desteñido.
Mírame, Sueña en un mundo claro. Llora en mí tu dolor Me quedaré a tu lado. Siempre. -Recurrente es poco. ¿Obsesivo? Sé que es una palabra que se usa con liviandad, pero es una palabra de poder. ¿Obsesivo? -Más tarde o más temprano sólo somos la cifra de nuestras obsesiones. -Es una de las boludeces más grandilocuentes que dijiste. -Pseee... estoy ejercitando mi talento en lo dramático. -¿Entonces? -Nada, nada. -Dejate de joder, se supone que la que debe sufrir con esto sea yo. -No es el momento de hablar. Lo que significa que es el momento preciso de gritar toda esta mierda. Debería saberse. El verdadero inconveniente es que me es imposible. -Blablabla. -Blablablaing the sky. -(sonrisa) -(sonrisa) -¿Y así termina todo? -Yup. Ojalá todo esto se muera pronto. -No jodas con las ESA cosa en particular. Suele decirse que es la única que importa. -Si, lo sé. Lo sé mucho, lo sé fuerte. Lo sé desde hace mucho tiempo. -¿So? -... (nada?), es tan obvio que no se ve. Es igual que yo a esa edad. Hay tanta mentira en eso. Tanta que ya es cierto. I know that I was born and I know that I'll die.
The in between is mine. I am mine. And the feeling it gets left behind...
Oh the innocence broken with time... We're different behind the eyes, there's no need to hide. We're safe tonight. The ocean is full cause everyone's crying,
The full moon is looking for friends at high tide. The sorrow grows bigger when the sorrows denied. I only know my mind. I am mine. And the feeling it gets left behind...
Oh the innocence broken with time. We're different between the lines, there's no need to hide... 'cause we're safe tonight. And the feeling it gets left behind...
Oh the innocence broken with time. We're different behind the eyes, there's no need to hide. -Pearl Jam - I am Mine
Milton.
April, 2007 Milton 37Quicky two:
¡Noticias de Milton!
Tuvo una crisis, viene en cuanto se desintoxique del mundo. Tenemos varias cosas que decir.
El domingo fue mi cumple.
Un atípico, pero excelente, cumpleaños de todas maneras. Desacostumbradamente poco acompañado. Recibí, si, como siempre y a pesar de que ya me conocen, las muestras de cariño de mucha, mucha gente. Y estoy mucho más que agradecido. Estoy conmovido. Posta. Además, agrego antes de hacer una cosa más larga (ahora son las 7 de la mañana y me tengo que ir), tuve dos espectaculares muñecos de regalo que agrego acá y en la sección fotos: un Optimus Prime (un ejemplo a seguir), completamente transformable y zarpadísimo, regalo de Tito y un Kurt Cobain tan bien hecho que asombra, hermoso, regalo de la familia Ganduglia a pleno, que siempre le grita piedra libre a las falencias de mi corazón con tanto cariño. Not worthy, really.
Gracias a todos. AH!
Y tengo otro INCREÍBLE regalo, una remera de los Ramones que es única, ¡pero eso lo dejo para consiga pilas de nuevo!
Y el mejor de todos: una sonrisa que no veía hace mucho. April, 2007 Milton 36Can I keep you?
-Casper Milton desapareció hace unas semanas y, para mantener un estilo, no sé nada sobre su destino.
Abandono la tarea de hacer algo con este lugar. Si alguna vez sale algo, joya. Y si no sale no hace ninguna diferencia, realmente.
Lo importante: la vida se vive y se desteje y palpita y grita y se desata en asombrados giros vertiginosos aunque uno quiera esquivarla prolijamente.
Migue está acá en Argentina y ese hecho tiene una fuerza tal que escribir al respecto es una estupidez. Lo importante es que es un estímulo único y el flaco es mágico. Y eso es único y mágico también.
No, posta, no hay palabras para las palabras que compartimos.
Añado un cardúmen de fotos de temas varios (incluso un par de oldies que encontré por allí, a la deriva en el rígido) y no sé si hay algo que agregar a eso. El negocio en marcha, gente bonita y actividades heterogéneas.
Muchas, muchas cosas están pasando y, afortunadamente, es mejor (es más grato) hacerlas que escribirlas.
See you later, alligator.
S. |
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